Vayamos a la primera foto. La linea del horizonte se me antoja más que hermosa. Esa claridad del oeste de Cádiz hace que los celestes perfilen el istmo que une San Fernando y Cádiz. Ese fenómeno geográfico relativamente nuevo es plano y solo lo rompen las farolas y las catenarias del tren. En otros tiempos otros postes sostenían la electrificación del tranvía y posteriormente trolebús. La línea perpendicular de corredores aparece casi paralela a las marcas de las marea sobre la fina arena. Y no solo de las marea sino de las pisadas del quad que nos abría paso y de los que corrían más de los fotografiados. Esta instantánea me pilla justo antes de lo hagan los dos corredores que estaban detrás. Juan Ramón y Diego. Ya se fue Loren del que hablaremos más tarde y me pasarían luego también, Jose, Luis Mi y Raquel. Pero, ¿cómo llegué hasta ahí?
Quizá esto es lo que me faltaba. Una irritación, un enfado. Me había acostumbrado al "ánimo", "ya pasará", "no te preocupes que todo se arregla". Cuando alguien me dice con otras palabras "si vas tan lento, quítate de ahí", me he picado. Y hasta es de agradecer. Quizá necesitaba que alguien me abofetease y me dijera que realmente estaba dormido y aletargado. No es que haya hecho un carrerón, pues los grandes (Raquel -perdóname por confundir tu nombre con Ester, todos bíblicos y de corredoras-, Luis Miguel, Diego, Jose,....) me pasaron con creces. Pero ese tirón con el que me acompañó Loren hasta la mitad de la carrera fue un revulsivo. No es que fuera mal la segunda parte pero me di cuenta que me tienen que pinchar para salir escopeteado. El día fue propicio, sin viento y sin calor. La marea estaba perfecta y todo hacía presuponer una carrera tranquila. Yo incialmente esperaba hacerla con Juan pero no quiso seguir el ritmo. Diego fue delante hasta el incidente del aguijón. Me escapé del grupo y se junto Loren a mi paso, que el marco cercano a los 3:26 o algo así.
Pues sí. Loren tiró de mí y sin protestar más de 3 kilómetros, hasta el ventorrillo. Sobrado de fuerzas y sin entrenar, como en todas las carreras con las que he tenido el placer de zancadear, regala espaldas y ánimo. No se queja de ritmos y sólo mira atrás. Por suerte no es el único, pero él, él es único. Otro más del que tengo que copiar. Ni protesta por las guardias, los quehaceres de casa, ni por la falta de tiempo de entrenamientos. Se pone el dorsal, comparte charla con el máximo número de colegas y al que puede le ayuda. Gracias por la carrera.
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