Esta foto de mi buena amiga gaditana, es digna de marco. Y debo hablar de nuevo de ella. Buscó ese día un ángulo para sacar provecho a la carrera y repitió yendo al cementerio. El cementerio donde acaba la cuesta, la cuesta de la vida. Pero esta cuesta es puro disfrute. Cuesta, si que cuesta, pero sarna con gusto no pica, o algo así. Ella, mi fotógrafa, nos disparó a todos, a todo bicho que escalaba esos dos kilómetros desde el falso llano que marca el suelo un 5. Ella, se aproxima y hace que su objetivo alcance una pequeña rama cercana y la profundidad del delta del Guadalquivir. Ella, hace que los pixeles capten la serpiente de asfalto que alivia la subida. Y allí estaba Pablo, Antonio, Diego y un corredor de Dos Hermanas, Francisco Vaquero.
Pero para llegar allí, fue necesario que Diego me arrastrase literalmente durante 5 kilometros. Diego aflojó su trepidante ritmo para atarme y subirme hasta ese kilometro. Derrochó generosidad durante toda la carrera hasta el sexto kilómetro que lo relevé algo.
Fue cercano al campo santo cuando Pablo, nos dejó. Antonio lo siguió de cerca. Tenemos dos minas en estos dos jóvenes corredores.
Pocas palabras más para esta gran foto. Salí escopeteado a celebrar los pilares, día especial en mi familia. Solo una anécdota más. Donde dejamos el coche, unos chavales me preguntaron cuando salía que como fue la carrera. Pronto, una señora mayor de 86 años salió a la conversación sobre el calor de Octubre, las fiestas, el campo, ... Hay cosas que seguirán durante toda la vida y ésta amabilidad, confianza y hospitalidad espero que sea de las inmortales.
Casi buena crónica. La cuesta del cementerio vale más que cualquier otra cosa.
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