Es cierto. Me he saltado Correplayas y Carmona Páez. Por diferentes motivos pero no he estado donde suelo estar. Pero he tenido ganas de contarme algo, de lo que pasa por mi cabeza en este presente que se convierte en pasado cuando lo lea en un futuro lejano o próximo.
Pues aunque no he estado de tirantas estos sábados en Chipiona y San Fernando, si he entrenado con la irregularidad que nos permite la vida cotidiana. Las tiradas semilargas con Diego han sido trabajadas y llenas de esfuerzo. Y los 16km de los domingos no han sido las más rápidas pero ahí han estado.
Y narrar carreras sin haber participado en ellas es como escribir ficción, aún mayores que si hubiese participado. Pues al fin al cabo, cuando escribo después de unos días sobre lo vivido en el pasado, ya está manipulado, con o sin intención, de mi mente. Nunca narro lo que sucede, lo que realmente sienten unos u otros. Ni incluso todos mis sentimientos durante la Carrera. Porque son muchos, porque algunos no merece la pena comentarlos, al menos eso creo cuando los echo a la basura y escojo tres o cuatro.
Los primeros que tiro son los penosos. Y los hay como "será ése desgraciado que me ha pisado" o "maldita sea como corren. Seguro que han tomado algo". Son lamentables. Y son míos. Los saco de mi mente, de mis escritos avergonzado de haber pensado así. Luego están los pesimistas: "no llego", "la edad me hace ir arrastrándome", "de la lesión de cadera no salgo nunca". No llevan a nada, no mejoran nada. Me quedo con "¡qué ambientazo!", " ¡cómo sonrío en meta!", "magnífico tiempo"...
Ahora, después de un mes sin ponerme un dorsal, sigo pensando que las carreras populares es un punto de encuentro necesario, motivador y socialmente enriquecedor. He conocido tantas buenas personas y con historias tan impactantes que no te da ningún televisor. Las carreras es un centro, como otras manifestaciones sociales continuas, de ocasiones de encuentros humanos de valor incalculable. Profesores, albañiles, funcionarios, policías, médicos, músicos, ingenieros, estudiantes, bomberos, marinos, militares, ..., jóvenes, mayores, mujeres, hombres. Todos con historias reales. Cuentan su pasado y yo el mío que se juntarán hasta que me llegue el olvido. Sus problemas y alegrías se mezclan con las mías. Nos preocupamos por lo que ya son nuestros obstáculos y festejamos las buenas nuevas que ya también son comunes.
Y eso que llevo encima de mi muchas aficiones pegadas (lectura: acabo de terminar a Millás y su pescadera loca; música: escucho todo lo que puedo, Dvorak, Vetusta Morla o Eva Cassidy). Perderé la vista y el oído y también mi capacidad de correr. Solo pensarlo me pone nervioso. Pero todo llega.
Quizá la sobredosis de endorfinas que nos chutamos sea lo que provoca esa cordialidad que se difumina en cuanto nos sentamos en el potro de tortura de la oficina o ante cualquier actividad "pasiva". Pronto llegará la semana de descanso y la temo por el cambio de humor. No me gusta escribir de futuro por lo que acabaré diciendo que hare otra cosa.
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