Sentados en un bar de esquina, descansaban de disfrutar. Habían terminado la carrera y tomaban una cerveza, de esa marca aguada que tiene tanto éxito entre la clientela andaluza. El bar tenía dos puertas que daban a una pequeña barra, donde se parapetaba el camarero, presuntamente dueño del negocio, deseoso de que la tarde bochornosa acabe y vuelva a su casa, con su escasa recaudación, sentarse y seguir viendo la televisión, que ya lo hacía apoyado en la barra de su negocio.
Allí pues estaban los cuatro, con las piernas recogidas para no invadir ese espacio común debajo de la mesa de una sola pata central. Todo el mobiliario es de aluminio lleno de publicidad de la acuosa cerveza.
Unos y otros se pisaban la narración de la carrera culminada a unos cien metros de donde estaban. Uno de ellos miraba absorto el arco de meta, rojo con letras blancas que se balanceaba ligeramente ante la pérdida de su aire interior, seguramente por alguna de las costuras cercanas por donde le inflaba un pequeño compresor. Escucha este viejo corredor al animador de la prueba, recostado informalmente en su silla, dando número de dorsales que van pasando por meta, como un extraño entusiasmo muy lejos de los que ahora entran en meta. Esta vez nuestro corredor no entró en meta con un subidón de los que disfrutó en el pasado. Ya son muchas carreras, repite en las conversaciones sobre este tema. Muchos a su edad buscan una carrera con mayor dosis de endorfinas pues empiezan a no tener efectos las que desprenden en las populares.
Sin dejar de mirar el arco, con un cielo oscureciéndose y las escasas farolas encendiéndose cambiando de luz desde un amarillo pollo a un blanco pálido, aprovechó un silencio en el grupo para contar una de sus historias. Sus compañeros, siempre pacientes y generosos, dejaron que el viejo corredor llenase ese tiempo con sus narraciones, con su viejos cuentos, entre lo real y lo imaginado.
"De chico -empezó a contar- tenía una pesadilla que se repetía, una noche detrás de otra. Sabéis, de esas pesadillas que te despiertas sudando y contento que la vida real sea horrible, pero menos que el sueño. Pues ..., y no os voy a aburrir porque es muy corta la historia. El sueño, la pesadilla, es en blanco y negro. Yo no me veo sino soy yo el que veo. Estoy en la alameda Apodaca, casi al principio, donde termina la cuesta de la calle Honduras. No se por qué, pero repentinamente aparece una bola enorme desde la plaza Argüelles hasta donde me encuentro yo. Sí, sí, como la película de Indiana pero Steven Spielberg era casi tan crío como yo cuando empecé a tener esos sueños. Me metía entonces en una alcantarilla y confiando en que esa enorme bola no podría meterse en el entresijo de túneles de aguas pluviales que rodeaban Cádiz. Pero, por favor, allí estaba. Después de correr por muchos tramos de los túneles, me despertaba con un grito que hacia que mi familia me odiase un poquito más.
Los demás corredores oyeron atentos. Ninguno era psicólogo pero todos pensaron lo complejo de las mentes humanas. Pronto sacaron otro tema después de un par de comentarios de fácil broma a la que el veterano respondió con una sonrisa para finalmente girar la cabeza y fijarse de nuevo en el globo desinflándose en la meta.
Al rato, una vez acabada la cerveza, se levantó, se despidió amablemente a lo que respondieron sus compañeros. Todos les acompañaron con la mirada unos metros. Ojalá le vaya bien hoy, dijo el más joven de ellos."
Aparte de esta nota ajena a la carrera, esto es lo que sentí en Puerto Real ese sábado, abarrotado de sol y calor. Todo indicaba que íbamos a ser héroes por la batalla contra la temperatura. Pasé todo el día acobardado dentro de casa, huyendo de las ventanas y de la luz. El levante no saltaba (NdT. Dicese que el viento del este que no sopla para aliviar las altas temperaturas estivales). Sabía que mis baterías, últimamente deterioradas por las condiciones externas, iban a resentirse. Pero saltó el levante (NdT vease nota anterior, no se complique. Saltar en esta frase es soplar). Para alivio de muchos. Y a pesar de todo, no fue brillante para mi. Lo cual no deja de ser novedad. Lo bueno es la falta de dolor, la falta de queja, la falta de angustia ante no llegar. Noto que mis celos de regulación energética me hacen mas vulnerable ante el cronómetro pero imperturbable ante la llegada en meta. A veces pienso que debería comportarme como antaño, donde miraba el reloj, miraba a los compañeros de carrera como competidores. Pero yo no estoy para eso ya. Y sabiendo como somos, más nos disfrutamos. Y sabiendo lo que no podemos ser, más.
La salida fue otra vez de esas sensaciones que ocurren en ciertas carreras, en aquellas donde la megafonía deja a los oídos concentrarse en las conversaciones ajenas de una siempre apretada salida. Poco antes de la salida, silencio. Poco después de la salida el suave martilleo de las zapatillas ocupa el espectro auditivo de los corredores y el de los escasos pero animosos espectadores. Con el viento de levante a nuestras espaldas y con el abrasador sol en nuestro horizonte, no quedaba otra que correr y correr. Giramos para tomar aire, todo el aire en contra. Nuestras gargantas resecosas elevan su temperatura al comernos el aire sin respiro. Giramos para meternos en las calles peatonales que sus casas paralelas obstaculizan el viento. Últimos giros para embocar de nuevo el paseo y de nuevo empujón de viento. La segunda vuelta note un bajón energético, algo ya habitual. Jose Manuel, lleno de poder y generosidad, tiró de mí hasta que tuve otro cambio de marchas a menos y el a más en la entrada a la peatonal. Luego, ahorro total hasta llegar a meta donde, dos minutos antes entró Diego seguido de Mon. Estos dos están fuera del alcance de muchos.
Ahora, a descansar. Pero me escribiré, aunque sea del tiempo.
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