martes, 22 de septiembre de 2015

dos de siete aguas en Valencia. 22 de Agosto de 2015

No es una carrera al uso, ni menos para mi. Esta segunda vez que corro en esta población de la serranía valenciana, es aún más especial. Empezamos.
Viernes temprano, muy temprano. Las calles están recién puestas y Tomás y yo repostamos gasoil para tomarnos el camino a Valencia. Nos esperan más de setecientos kilómetros hasta llegar a nuestro destino. Nos esperan amigos y familia, más cercanos que esa distancia. Mucho más cercano que lo que el tiempo que nos dedicamos podrían decir. Tomás dormita los primeros cien kilómetros para luego unirse a mí. Hablamos, charlamos e informamos sobre cómo íbamos. Pensamos en desayunar. Sobre todo él, pues yo salgo siempre con el estómago satisfecho. Paramos en una gasolinera muy cerca de Córdoba. Queríamos haber llegado a Montoro, bajo las buenas recomendaciones de Diego, natural de las tierras cordobesas. Pero el hambre apretaba y el pan con aceite aflojo esa tensión.
Y ya seguimos hasta parar para repostar, esta vez el coche, en tierras conquenses, recordando a José María López. Eran cerca de la 1 y nos prometimos llegar a comer a Valencia.
Y allí nos esperaba Iván que nos condujo hasta la misma orilla de un estanque, cercano al rio Júcar, en Cullera. Saboreamos una paella que ni Tomás ni yo olvidaremos. Y yo he tomado otras muy buenas. En el restaurante de al lado, con Begoña. Hardy y el pequeño Dylan. O aquel con mis primos cerca de la carretera dels Mauros... o en el Palmar con mi familia.
Esta visita prometía. Tuvimos una grata conversación y sin ganas de que el tiempo pasase. Pero pasa y tuvimos que marchar. Lo bueno es que había más que ver, más que saborear, y sobre todo más que compartir.  Fuimos sobre las seis al centro de Valencia donde íbamos a pernoctar con mis primos. Hicimos acopio de las viandas a las que tenía a mi familia valenciana acostumbrada: jamón, boquerones en vinagre y queso. Añadimos algo de helado para el postre. Buena velada, llena de conversaciones, bromas y temas serios.
Y llegó el día de la carrera. Con el estómago satisfecho partimos hacia siete aguas, con muchas ganas, con mucha ilusión. Jaime no es de aquellos que se pueda decir haya perdido el norte por correr. Y lo digo porque no gira su vida alrededor de unas zapatillas, o mira el reloj para mejorar o estudia el calendario para ajustarse a las competiciones. Eso sí, disfruta. Era su primera de siete y yo era más veterano que él, aparte de la edad, en esta carrera. Le advertía de lo bello del esfuerzo, del gusto del reto. Me miraba con recelo pues a él le tira más la competición, la recompensa, que el gusto al gasto energético por sí. Pero se apuntó a la carrera sin mirar a lo que se enfrentaba, por mí (eso creo, lo cual me llena de satisfacción). Pero no conseguí que Pepe lo hiciera. Nos encontramos allí. A pesar de no encontrarse con ánimos de correr, allí quedamos y me alegró verle, mucho, mucho. Quería haber visto a muchos más de los corredores de la planta pero no encontré más que a uno. Pepe me dedicó el dorsal, con nombre original y que, tuvo que quedárselo. Llegaron sus amigos, mis amigos de Sierramar. 
¡Qué ambiente! La población se triplicaba. La guardia civil no sabía dónde meter tanto coche. Todo acompañaba. Hasta el cielo encapotado, sin apenas viento, con unas ligeras gotas al comienzo de la carrera. Antes, los rayos hacían presagiar una gran tormenta pero como si fuera evitándonos, fue rompiéndose, desgarrándose en otros picos serranos lejos de siete aguas.
Los colores de los dorsales nos clasificaban según la marca personal atribuida. En mi caso, Pepe fue muy generoso, más de lo que podía dar. Bueno, me faltaron 5 minutos para cumplir. Pero eso me motivó a correr más rápido. Mi intención era pasármelo bien. Pero que muy bien. Con mi molesta espalda, que ya empezaba a rechinar lo que ahora cruje (escrito a final de septiembre de 2015), solo pensaba en recorrer esos toboganes gigantes, esos quince kilómetros de subidas y bajadas. 
Salí fenomenal, sin la presión de adelantar al millar que en la anterior vez tuve que hacerlo por estar muy mal situado. Pero con las ganas de no defraudar a Pepe. Y subí las primeras cuestas, con el atronador aplauso de vecinos y aficionados adosados a las fachadas de las casas de calles donde los corredores subían girando a izquierda y derecha de unas calles decentemente anchas (pensé en aquel momento en Grazalema, cuando Diego y yo hicimos esa carrera con sabor a jamón y salchichón de premio. donde las calles no dejaban pasar a muchos corredores a la vez, donde la escasez de público no calentaba el ambiente. Podría ser una carrera con un millar de corredores si se da bien a conocer). Pronto se estiró el pelotón pero en ningún momento de la carrera estuve solo. Creo que poca gente fue sola. Quizá en la cabeza y en la cola de la carrera, pero el resto teníamos siempre compañía de otros con el mismo ritmo. Como bien saben los que me conocen, subo mejor que bajo y estuve tonteando adelantando a unos pocos en las subidas y siendo rebasado por muchos en las bajadas.
Y en los últimos tramos, siempre espectacular la vuelta al pueblo. No hay nada como esa bajada, rodeado de gente, sentada o de pie, gritando o aplaudiendo. Y después a subir otra vez y bajar. Y subir para luego llegar a meta sonriendo y contento, muy contento.
El cronometro digital en meta mostraba una marca, un tiempo que no esperaba. Pero si esperaba y se cumplió, el enorme disfrute de esa hora y pico corriendo, de esos kilómetros de esfuerzo. Un poco más allá de meta, melón, sandía y liquidos para compensar lo consumido. Los amables voluntarios se prestaban a darnos de comer y beber.
Y luego cena con los amigos de Sierramar:¡ bocadillo de caballo!¡ fantástico! Dormimos en casa de Pepe como reyes. Después de una buena caminata mañanera con una magnifica conversación (¡qué fácil es convivir con buena gente!), nos reunimos con Iván y hablamos y hablamos.... 
De vuelta a Cádiz, con ganas también, pero lamentando no haber visto a todos, no haber hablado con mis compañeros y amigos. Tendré que volver, a ver si la próxima sí.
Gracias Sofía, gracias Jaime, muchas gracias Lina, Pepe, Violeta, Joan (o Juá mejó), Iván... os debo  momentos de felicidad. Como dice Diego, todo suma.

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