Me desperté súbitamente. Mi brazo derecho sostenía el libro posado sobre mi panza. Me desperté súbitamente con la angustia de vivir de nuevo lo que viví. Sabía que mis sueños sobre lo que ocurrió no era una perversión creada por mi subconciente..
Me desperté súbitamente. Al abrir los ojos no vieron mucho. El mantel de hule sobre una mesa algo vencida. Al fondo un televisor de los años 10, solo usado para los telediarios. Sobre la mesa una bandeja con un plato duralex y un vaso de propaganda. El plato tenía un par de horas atrás una menestra y un filete de pechuga. El vaso tuvo dentro una cerveza de poco sabor.
Me desperté súbitamente. Mi frente sudaba. El sueño no fue grato. Sentí la necesidad imperiosa de contar lo que viví. Pero no tenía a nadie. Los testigos de lo que ocurrió podrán corroborarlo. Parecerá una historia irreal pero ellos lo dirán que sí es real, que también lo vivieron... Esto es lo que escribí y ahora os copio para que no se olvide, para que no vuelvas a suceder... A mi me da igual pues me queda poco de esta maldita vida. Pero vosotros, tenéis que evitar que suceda otra vez...
Había pasado más de 10 años de la gran crisis del siglo. En aquella época solo estábamos atentos al político norteamericano de turno, a las políticas extremistas europeas o los problemas medioambientales. Sobre todo estábamos atentos a los equipos de fútbol, a las películas de ficción y los nuevos teléfonos inteligentes.
Pero pasó lo que nunca habíamos esperado. Hubo anteriormente varias pandemias pero esta fue muy rápida. Alguien quiso sacar más beneficio pero se les fue de las manos. Una empresa farmacéutica estaba creando un virus y su vacuna pero se le escapó el virus. El contagiado 0 fue un ayudante del laboratorio que no fue advertido de los peligros. Lo demás, si se sabe en la prensa digital.
El terror por un virus hizo caer la bolsa, vaciar los estantes de los supermercados y las salas de cines.
Pero lo que más daño hizo aquella maldita crisis en nuestra pequeña ciudad fue el abandono del turismo. Los adictos a coleccionar puntos marcados en el mapamundi, dejaron de hacerlo. Los que necesitaban contar a los suyos todo lo que habían visto en un desbocado fin de semana después de volar en las madrugadas del viernes y lunes. Ese pánico dejó vacío de la noche a la mañana el concurrido muelle de esa pequeña ciudad. Los cruceros se quedaron en tierra. Las agencias de viajes tenían las sillas vacías y los mostradores de los catálogos de cruceros, ya amarillentos, no se vaciaban. A cambio, se sentaron en el sofá y empezaron a consumir vorazmente documentales de viajes. Y desde entonces, los conductores de autobuses y taxis dejaron de transportar a todos esos devoradores de playas, calles, bares, iglesias y plazas. Los bares y restaurantes cerraron sus puertas y barajas, que fueron garabateadas por grafitis de malísima calidad.
La ciudad, con sus escasos habitantes todos ellos sanos, veían como semana a semana, se cerraban todo tipo de negocios. Y todo por un virus raro.
Había pasado más de 10 años de la gran crisis del siglo. Ya nadie esperaba a nada. Pero ocurrió. La prensa se hizo eco de una gran noticia. Por fin volvía un crucero. A toda plana se anunciaba la llegada de un gran crucero con más de mil pasajeros. No hacía referencia ni de donde venía ni a donde iba.
Avisaba que arribaría en dos semanas.Los cuatro taxistas que quedaban cargaron las baterías de sus coches eléctricos. Los dos restaurantes fueron a comprar pescado y carnes al mercado de la capital. El ayuntamiento contrató un servicio de limpieza de las calles. Se respiraba optimismo. Por fin llega la remontada. Todo indicaba que los malos tiempos se van. Volverán, sí, pero no ese año.
Y llegó la semana que iba a llenarse la ciudad de turistas con sus idiomas extraños, sus cámaras y sus pies calzados con sandalias y calcetines.
Atardecía, y cuando estoy cerca de la linea de costa que mira a oeste, me quedo observando como el sol, ese disco rojo se va hundiendo en un mar azul intenso. El cielo arde y cambia de colores las nubes por los reflejos de un sol que se aleja. Sigo, el sol como se convierte de disco rojo a gajo de naranja. Y espero lo que dicen que pasa justo cuando desaparece. El punto verde. Nunca lo había visto. Y nunca lo volví a ver desde ese día. Se marcó el punto verde en mis ojos. Cierro los ojos y lo veo. Y hoy los cierro y los sigo viendo.
Abro los ojos. La ciudad había sido aplastada por una enorme nube negra. La mayor niebla nunca vista. Se veían algunos puntos de las luminarias en el paseo que bordea la ciudad. Y la iluminación del ansiado crucero.
No podíamos creer que se podía tener peor suerte. Seguro que los pasajeros no querrán bajar a una tierra en tinieblas en pleno día. Esperábamos que al amanecer levantase la nube a su justa altura.
El capitán del enorme crucero
Avisaba que arribaría en dos semanas.Los cuatro taxistas que quedaban cargaron las baterías de sus coches eléctricos. Los dos restaurantes fueron a comprar pescado y carnes al mercado de la capital. El ayuntamiento contrató un servicio de limpieza de las calles. Se respiraba optimismo. Por fin llega la remontada. Todo indicaba que los malos tiempos se van. Volverán, sí, pero no ese año.
Y llegó la semana que iba a llenarse la ciudad de turistas con sus idiomas extraños, sus cámaras y sus pies calzados con sandalias y calcetines.
Atardecía, y cuando estoy cerca de la linea de costa que mira a oeste, me quedo observando como el sol, ese disco rojo se va hundiendo en un mar azul intenso. El cielo arde y cambia de colores las nubes por los reflejos de un sol que se aleja. Sigo, el sol como se convierte de disco rojo a gajo de naranja. Y espero lo que dicen que pasa justo cuando desaparece. El punto verde. Nunca lo había visto. Y nunca lo volví a ver desde ese día. Se marcó el punto verde en mis ojos. Cierro los ojos y lo veo. Y hoy los cierro y los sigo viendo.
Abro los ojos. La ciudad había sido aplastada por una enorme nube negra. La mayor niebla nunca vista. Se veían algunos puntos de las luminarias en el paseo que bordea la ciudad. Y la iluminación del ansiado crucero.
No podíamos creer que se podía tener peor suerte. Seguro que los pasajeros no querrán bajar a una tierra en tinieblas en pleno día. Esperábamos que al amanecer levantase la nube a su justa altura.
El capitán del enorme crucero
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