Sus gritos no llamaron la atención a nadie. Acostumbrados a los vociferios de los noctámbulos que se acercaban al barrio a vaciar en sus vientres el alcohol mal destilado y embotellado con etiquetas de nombres exóticos, ningún vecino asomó la cabeza, a pesar de haber escuchado el descomunal grito. Aun más, cualquier navegante de la calle se alejó pies en polvorosa para evitar interrogatorios.
Ella, temblando de espanto, no daba a pulsar los tres dígitos para acudieran en auxilio de la victima. Da igual, estaba muerta. con el craneo reventado de un solo golpe. Golpe de cobardía e inferioridad. Ella la miraba, pensando que podía haber sido ella. Ella era ella. Sin lugar a dudas. Entendíó su muerte. Se vió a si misma arrastrada, a empujones por él, ese asqueroso que tuvo de pareja hasta que murió. Se vio como su vida se perdió cuando pensó que él le hacia féliz. Que él, le sacaba del astío que sentía viviendo su vida.
Ahora, se contemplaba muerta. Y volvió a gritar. En ese momento, la calle se iluminó de reflejos azules. El ruido poco habitual de los neumaticos desgallitándose contra el aslfato. Las puertas del vehículo golpeadas al salir los patrulleros. La miraron a ella, sí, tendida en un charco de sangre. No la dieron por muerta. Y estaba muerta. De nuevo, otras luces azules destellearon por la angosta calle. Esta vez, los personajes salieron del vehículo con más tranquilidad. Vestían de naranja y de sus cajas sacaron herramientas. Los personajes de azul, los miraban atónitos, suplicantes "salvadla". Ella no les miraba. Solo esperaba que la salvasen.
Tubos, jeringuillas, compresas. Todo en orden, todo sistemáticamente usado. Ella no abrió los ojos. Ella sabía que la habían salvado.
No tardó en sentir de nuevo algo de calor en sus venas. Desde los goteros el liquido que le hacia revivir se mezclaba con la poca sangre que le quedaba. Su pequeño corazón se motivaba para volver a impulsar ese liquido rojo, algo menos denso de lo deseado.
En la esquina, en la sombra, el cobarde se confundía con las sombras sin querer en reconcerse como el autor de los hechos. Todo le motivaba a acabar igual que otros asesinos de parejas. Esos asesinos que acaban con su vida o o bien por creerse por encima de la ley y dictar su sentencia de muerte, o bien por creer que así se evita la vergüenza de por vida (y de por muerte) que tendrá por su macabro hecho.
Pero no iba a ser asi...
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