Pasadas más de dos semanas, todavía me tiemblan los cordones de emoción de ese día, donde de nuevo otras zapatillas llevadas por mi extraordinario vecino, el hombre-rayo, el profesor de media distancia, se reincorporó a las reuniones de los domingos por la mañana. Y es que no son las mismas cuando alguno falta. Nos faltaron en Chipiona más de 5 y los esperamos en las próximas.
Pues fuimos en su coche y vimos que llevaba unas espectaculares corredoras negras y verdes (criticadas con dureza en su casa, por su afán de protagonismo, que su dueño evita claramente, pues es de naturaleza enormemente reservada).Su coche intentó vanamente colocar un árbol derecho. Éste se negó, pues lo habían puesto mirando a Rota y ya se quedó así. Así son los árboles, conservadores y testarudos. Ya en la recogida de dorsales, comprobamos que la voluntad está muchas veces reñida con la eficacia y vimos como nuestro dueño estaba excluido de la lista de admitidos, pese abonar y gestionar la inscripción de roteños y portuenses que sí lo estaban. A bolígrafo y sin comprobar los pagos, los que faltaban iban cogiendo dorsales, algunos ya usados, sudados, de otras carreras. Zapatillas de Rota, el Puerto, San Fernando... se agolpaban alrededor de mi compañero, y nos sentimos orgullosas de la cercanía a él. Tras calentamiento y estiramiento de rigor, nos pusimos en la calle opuesta a la de todos los años para dar un par de vueltas a la zona este de la población, que a esas horas dormitaba o no salía de sus casas para batir palmas o animar a estos chiflados que nos llevan a estas reuniones tan raras.
Nos extrañó la velocidad que llevabamos. Entre que era cuesta abajo y la escasez de participantes, nos sentíamos incómodos. Preguntó el jefe a José, que tiene en esta narración la segunda parte de su protagonismo, que si iba muy rápido. Nosotras estamos acostumbradas a ver sus suelas batir el asfalto por delante, muy delante. Pero esta vez, nos acompañaba. Solo podía ser o porque se lo tomaron como descanso o por alguna lesión. Como contaremos en la crónica de siguiente carrera, fue afortunadamente lo primero. Formamos un grupo de varios pares de zapatillas.... y entre ellos las de los Andrade. Mi dueño se giró a la derecha y le agradó ver a Manuel, como antaño, tirando del grupo. Y también oímos la voz quebrada de Juan.
Quedamos cinco, luego cuatro, al final tres pares y Jose, más que un corredor, que ya es mucho, se giró en la última curva para esperarnos. Fue fantástico. Mejor que el tiempo. Son esos momentos que nos llevaremos en nuestras suelas al punto de reciclado. Pues si nos concentramos los días de guardar es por eso, por encontrarnos a gente que hace detalles, que no valen pero se aprecian mucho.
La vuelta fue a toda prisa pues el profesor, que hizo una mágnifica puesta en escena, tenía asuntos familiares, y nuestro portador también.
Aunque la crónica llega con retraso, ha merecido la pena, es divertida y algo más. Por cierto vaya carrerón que hicisteis: se despejaron todas las dudas sobre vuestro cansancio.
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