Jueves Santo. Saliamos del zapatero listos a correr por los Toruños. Y nos disponíamos a disfrutar de sus tierras y paisajes. Y como de constumbre, y siguiendo su rutina de calentamiento y estiramientos, nos pusimos en marcha.
Pero... ¿qué ha pasado? ¡se ha parado! le miramos de reojo y su cara estaba alterada. Se quedó en un lamento y se levantó a duras penas. A pesar de todo, intentó que trotasemos al menos. No.
Ha pasado una semana y la lumbagia va a ser larga. Escribiremos a final del verano. O no.
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