sábado, 3 de noviembre de 2012

Corriendo por las murallas. Memorias.

El sonido autómata del despertador de su móvil le hizo abrir sus parpados, algo pesados después de una noche más con sueño ligero. Vio los dígitos de aquel sencillo teléfono y observó que sólo eran las 7:30. Pensó por qué aquella alarma sonaba ese 1 de noviembre tan temprano. No recordaba que tuviese que madrugar.
No hacía frío para aquella época del año y a pesar que su casa no estaba bien aislada, con aquella manta ligera y el pijama de invierno lo protegían de la leve bajada de temperatura. Se desperezó levemente y se incorporó dejando su cama vacía..  Se levantó y se miró en el espejo intentando recordar que le hace estar tan temprano levantado. Escudriñó en sus ojos secos y enrojecidos y no percató el motivo  No era hombre de esperar respuestas delante de un espejo y decidió seguir con su rutina de todas las mañanas hasta descubrir la causa. El espejo no estaba acostumbrado a recibir su mirada y pronto esta bajo para observar el viejo lavabo. Abrió el grifo del agua fría y se enjuagó su cara. De aspecto más envejecido que su edad, de baja estatura y escaso pelo, delgado y aspecto delicado, daba la sensación que su prejubilación le hubiese precipitado a una cercana tercera edad.
En la cocina preparó su pequeña cafetera italiana de una sola dosis y se preparó una rebanada con queso para untar. El sonido de la radio retransmitiendo música clásica inundó las esquinas mudas de aquella destartalada pero ordenada y limpia cocina.
Después de limpiarse los dientes vio como en la mesa del pequeño salón había una camiseta de tirantes, un pantalón corto y unos calcetines de deportes. En el suelo, las zapatillas de correr. Debajo de la camiseta sobresalía el resguardo de una transferencia bancaria y un triplico de una carrera popular. Se acordó de aquella carrera que vio anunciada en el economato de la esquina de su calle, cerca de la plaza San Francisco. Hacía mucho tiempo que no corría con otros corredores, y al recordar los momentos tan agradables, sus pulsaciones cambiaron de ritmo. Su gesto cambió y sus arrugas en los ojos y cerca de la comisura de sus labios se remarcaron. Sus secos ojos marrones tornaron un escaso brillo, que antaño era limpio y claro. No era hombre sin ocupaciones pero el correr era una de esas que le hacía feliz.
Se vistió para la ocasión. Su ralo pelo grisáceo no se agitó esta vez al salir de la casapuerta de su vivienda. Su calle era uno de los tuneles preferidos de Eolo para jugar a Poniente y Levante con los habitantes de aquella vieja y envejecida ciudad.
En escasos minutos se encontraba en una larga fila de personas que animadamente discutían sobre la falta de planificación, una vez más, en la entrega de los dorsales. Hacía unos diez años que no estaba allí y también le pareció que no se había mejorado nada. Con su resguardo en la mano izquierda y en la derecha una pequeña botella de agua fue avanzando hasta que un cansado y saturado voluntario le dio su camiseta de talla M y su dorsal. Observó como su barriga había crecido y la camiseta de color morado nazareno le apretaba por el bajo vientre. No podía quejarse porque muchos de los prejubilados como él habían acabado con una gran tripa.
Sus ojos buscaron antiguos corredores, que le saludaron de lejos, sin mucho interés por acercarse. Muchos son los que sabían de los reveses  de su vida y no querían incidir en el tema. Siendo de baja estatura, no tardó en pasar desapercibido entre los mentideros, puntos de reunión y estiramiento. Las conversaciones que escuchaba se repetían, como las revistas especializadas en corredores. Sus profundas arrugas en el entorno de los ojos se hicieron más aún al recordar estas historias, contadas mil veces.
Calentó alrededor del monumento a las cortes y se colocó en el pelotón, discretamente detrás de unos cuarentones que parecían gallos mucho plumaje y pocas agallas, lo que para ser un ave es normal. El gatillo de aquella pistola que manejaba el juez, retrocedió y un crujido en el aire hizo que los primeros abriesen una brecha en el mojado asfalto.
Con las manos marcando las espaldas de su vanguardia, avanzó con suavidad y tranquilidad. No fue hasta la altura de la central lechera cuando cambio de ritmo. En otros tiempos, camiones Barreiros y Ebro se paraban para descargar y cargar. Su memoria sacó a sus ojos las bolsas de plástico y las jarras que las portaban. Se cortaban dos picos y se servía la leche. Las bolsas quedaban por dentro impregnadas de la nata natural. Su olfato recordó también el fuerte olor del taller de neumáticos del final de la calle Manuel Rancés. Sus enormes neumáticos reposaban contra la fachada de aquel vetusto edificio.
Siguió corriendo mientras le adelantaban grupos de corredores más jóvenes y mayores. A él, como antaño, ese detalle de las carreras poco le importaba.
Al llegar al principio de la punta, observó los bares que sus hijos frecuentaban en su época de estudiantes universitarios. Los servicios de limpieza del ayuntamiento se afanaban en eliminar el nauseabundo olor a orina y vómito que los incontrolados habían depositado en la piedra ostionera. Una pequeña cuesta dividía esa zona de un paseo con unas vistas de la bahía, que ese día también le gratificó la vista. Mientras subía. observó a una fotógrafa buscando el instante a capturar por su máquina. Él sabía de su trabajo, de su hobby, tan elogiado por muchos corredores.
Acabado el paseo, bajaron hasta la misma punta de San Felipe. Allí recordó los dobladillos y los momentos de terrible aburrimiento viendo como las cañas de pescar de sus amigos se resistían a ser dobladas por cualquier pececillo.
Dadas dos vueltas a ese circuito. La segunda vuelta estiró hasta el ayuntamiento con Segismundo posando delante de las casas consistoriales sin ninguna intención de tomar su asiento. Sus ojos vieron esa verja que tanto divide al puerto y la ciudad. Recordó también los cables eléctricos que alimentaban a esos trolebuses que llegaban a San Fernando.
Terminaron en meta. Otros años, esa esquina de la plaza de España estaba a rebosar. Eso sí, vio a otro fotógrafo con barba cana que con una sonrisa y un ojo cerrado apuntaba a los que llegaban para parar su carrera en un instante.
Dando vueltas, sin nada que hacer en ese día festivo, esperó que diesen los premios. Algunas cara de los veteranos en el podio les sonaba. También en las chicas jóvenes, porque la ganadora era ya conocida por su constancia  buena actitud y presencia. Le extrañó y agradó ver a un asturiano en el podio entre los jovenes.

Eran las 7:30 y ese domingo 4 de noviembre sonó la alarma de su austero móvil. No llegó a entender por qué sonó hasta que vio su camiseta de tirantes y el pantalón corto a los pies de su cama de matrimonio medio ocupada.

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