lunes, 5 de noviembre de 2012

Desde una ventana frente al Parque Santa Ana

Su madre le observaba desde la puerta de su habitación. Diez minutos antes, le había subido la persiana y desperado suavemente. Ahora, Lorenzo observaba a través de la ventana las copas de los arboles de su vecino parque. Una pequeña brisa soplaba sobre un fondo gris. Los ojos marrones de Lorenzo atravesaba el paisaje viendo por detrás de él. Su madre podría pintar un cuadro como los de Hopper. El niño, con el pijama puesto todavía, posaba sus manos en las finas rodillas. Todo él es flaco y estilizado, todo un cuerpo para un corredor de fondo.
Como todos los años, le pidió a su madre que lo despertara sobre las 9 de ese domingo, en donde su barrio se altera, con una masa de deportistas, corredores populares. Después de desayunar se colocó en su ventana, para observar con detenimiento desde los preparativos hasta la salida de los premiados del pabellón Santa Ana.
Lorenzo observó como poco a poco los atletas recogían su dorsal y sus imperdibles. Como todos los años que Lorenzo se asomaba a su ventana, colgando sus piernas como muertas en el interior de su cuarto, veía la   amable conversación entre corredores. Lorenzo se preguntaba todos los años si realmente era o no una competición o un encuentro amistoso. Al final de la competición sabía la respuesta: es una competición amistosa.
El delgado chico estaba muy orgulloso de que las camisetas rojas del club atlético local fueran tan numerosas, con tantos corredores de tantas edades. El sabía por su madre que también eran muy numerosos en todas las carreras de la bahía. Lorenzo ya reconocía a algunas de sus figuras como Juan Carlos o Mon. Y son muchos más.
Aplaudiendo a rabiar, vio pasar a los corredores de la primera carrera en un circuito de mas de 3000 metros. El no conocía el recorrido, pero su madre le dijo que era una gran bajada y bonito callejeo para luego subir de forma continua hasta la meta.
La salida fue tremenda. Ver tantos corredores y tan deprisa! Su corazón palpitaba con ganas de acompañarlos en esa bajada tan espectacular para luego girar a la derecha hasta ese callejeo que le describió su madre. Y luego subir, subir hasta volver a pasar por su ventana. Los rostros reflejaban ese trabajo realizado pero con energías de repetirlo aún dos veces más. Alguno no pasó de la primera. Otros aumentaron la fatiga reflejada en su rostro.
Mientras pasaban los corredores, veía a los chicos de su edad calentando para su carrera. "¡si pudiese saltar desde esta ventana!" se decía.
Ya terminaron los mayores y los infantiles iban a salir de un momento a otro. Vio a uno de ellos, de verde y negro, con un señor mayor, que parecía su padre. Lo observó con envidia. Se giró y miro su hucha y pensó para sus adentros que pronto competiría el también.
Las carreras de los chicos finalizaron y al rato vino su madre que lo cogió en brazos y lo puso en su silla, su silla de ruedas. Pronto tendría una de competición y correría como ellos.

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