domingo, 12 de mayo de 2013

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-----Mensaje original-----

From: Smith , Lauren (L.)

Sent: Wed, 1/MAY/2013 21:31

Para: Carretie Warleta, German (G.)

Subject: Carrera los Toruños

Hola Germán,

Antes que nada, agradecerte la invitacion a esta carrera. Haber dado la vuelta al mundo desde Nueva Zelanda para ver Europa y encontrarme en su más profundo sur, una carrera tan especial. Correr en un parque natural, en un ambiente tan ameno, me ha entusiasmado. He corrido, como sabes, mi buen amigo, que mis zapatillas han probado asfalto y tierras en los confines del mundo. Ciudades, pueblos, campos, montañas, todo ha estado a mis pies, bajo mis zancadas. Me he puesto infintos números en mi abdomen, alfileres en Asia, America, Europa, Africa y Oceania han pinchado mis camisetas para llegar a meta bajo mi leve sonrisa fotográfica.
Pero esta Carrera, en mayusculas, me ha hecho vibrar. Ha sido fantástico escuchar esta manera tan peculiar de comunicarse en castellano. Me sigue costando mucho, a pesar que mi mejor amigo que habla castellano es gaditano. ¡Y ese señor canoso, que nos gritaba a la salida!
Entre todos los corredores circulaban comentarios jocosos y lleno de gracia. Salimos corriendo, corriendo. Me sentía inseguro antes de la carrera porque pensé que me sería fácil perderme pero los temores se me fueron a ver la enorme recta. Ví que aquí se corre mucho, muchísimo. Te quedaste atrás y vi que no estás en la forma de otros años. Pero te ví sereno, tranquilo, como muchos corredores sabiendo que están para disfrutar de las carreras. Como muchos corredores, ya ajenos de la competición y cercanos y conocedores de lo social de la carrera. Seguimos en la recta hasta que nos indicaron girar a la izquierda. A esas alturas, el grupo donde iba era puro silencio. Las zapatillas rozando los guijarros del camino bien mantenido rompia ese silencio de campo abierto.
Me habías hablado y escrito mil veces sobre los días sin humedad en Cádíz. Del azul, azul de su color, de la sensacion de infinito que toma el horizonte al romper ese azul con el mar.
Y este primero de mayo, salió así. En Nueva Zelanda también disfrutamos de cielos nunca soñados pero éste, en mitad de los Toruños, le dió una mayor redondez a esta carrera.
Giramos como decía a la izquierda y pasamos por el puente de madera sobre le caño de San Pedro. En el centro, el puente se ensancha y un grupo de pescadores nos observaba pasar. Ellos inmoviles y nosotros no. Estaban como atrapados en una de las ilustraciones de tu hermano Patricio.
Intentaba alcanzar a ese amigo tuyo, ese muy buen amigo tuyo, cómo se llama..., el de los rizos..., el profesor. Bueno, ahora no me acuerdo. Pero era imposible. Parecía dotado de una fuerza sobrenatural.
Un Hércules, un Melkart de las carreras. Los corredores seniors sufrían por mantener el ritmo del supuesto veterano.
Pasado el puente seguimos un refrescante camino que serpenteaba entre pinos hasta alcanzar una larga recta paralela a una carretera. Ya me contaste que el profesor no le gustaba mucho pero el profesor siguió acelerando espoleado por la compañía de otro corredor con camiseta verde. Imposible alcanzarlo.
Volvimos a serpentear en un camino donde a un lado estaba el caño y al otro esteros. Pasamos al lado de un trozo de hierro oxidado, que algunos llaman escultura. El grupo donde iba sin haberlo decidido, en contra de su voluntad de sehizo en corredores individuales a su propia y original velocidad. Llegamos cada uno a un puente de hormigon que nos llevó a la otra orilla. Y allí zigzageamos hasta meta.
Holgazaneé por el edificio de recepcion del parque hasta la entrega de medallas. Me sentí emocionado ante el intercambio de abrazos del campeón con su amigo y la entrega del bonito trofeo de ganador de unas manos a otra.
Cuando vuelva a Nueva Zelanda, a Picton, contaré mil y una vez mi aventura en las antípodas, mi aventura en los Toruños.

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