jueves, 31 de octubre de 2013

Valencia a las 10. Corremos muchos. Corremos 10 un 13 de Enero de 2013. Usurpacion de personalidad

No estaba llamado a correr esa mañana en Valencia. No. Mi plan era otro. Pero días atrás un número me persiguió diciéndome: " Soy tuyo. Llévame por delante".
Solo una vez antes que ésta, fuí un corredor embaucador, un impostor, un "no yo". Aquella vez, la primera vez que corría en público y acompañado, fue mi bautizo con chandal y camiseta de algodón en un puerto menesteo digno de recordarse.
Pero hoy recuerdo para ti, para que sepas que me pasó ese 28 de noviembre una mañana despejada y tibia en mis piernas, en mi corazón y en mi cabeza.
No era otro que Jaime quien me dotó de una identidad falsa, de un número que no sabía a quién representaba. Ese número me llevó a la parte noble de los corredores, a esa parte donde los clubs atléticos habían desplegados sus medios y se agrupaban ante una mesa puesta por la organización. En las mesas había bebidas, alguna barrita y mucho fósforo con cara de plátano.
Una vez más, y pasarían más veces después conmigo, y con otros miles más, los valencianos me saludaron como aquél que ha vuelto de un largo periplo. ¡Qué poca sensación de extraño, de foráneo del sur!. ¡Qué sensación de ser uno más, de no molestar sino de ser apreciado sin haber dado nada!. Jaime me presentó y luego llegaron las frases "¿cuánto quieres hacer?" "¿a qué ritmo quieres ir?" Esas peculiares presentaciones de piernas, de tomar las medidas de si me sirve de referencia o no. Y las respuestas son normalmente exageradas contracciones de la capacidad de correr de cada uno. Muchos lo hacen por el temor ser alcanzado y ser liebre de presa de un lobo que no quiere de compañía. En mi casa un profundo desconocimiento de lo que en ese día mi cuerpo pueda dar.
Para que quede en tu memoria, imagínate una gran avenida atestada de piernas desnudas, con zapatillas deportivas, camiseta de tirantes y miles de números con colores saltando y corriendo de un lado para calentarse y poder reaccionar ante el disparo inofensivo de arranque de la carrera. Un sonido ambiental de pura marcha con dos chicas disk-jockeys hacían que las pulsaciones de los presentes se aceleraban.
A pocos minutos de la partida, de esa vuelta a parte de la hermosa Valencia, los corredores, como ganado, nos dirigimos a nuestros cajones. Y las chicas pararon la música. Y el disparo sonó. Enfurecido ante el estruendo minusculo de la polvora explotando en la cámara de la pistola, el ganado salió enfurecido buscando la meta.
Yo, hecho un borrico, con los ojos fuera de sus órbitas, apartando los obstáculos de corredores lentos que inocentemente se interponían entre los atletas de elites y la manada de feroces corredores de calle y caminos. Esquivamos las torres que hacía más denso el flujo de piernas y zapatillas y nos dirigimos a correr como locos buscando un lugar con espacio.
Como Valencia es tan afortunada en sus trazados urbanísticos las sombras de los edificios no se dejó caer sobre los corredores. La vuelta por las avenidas y el paseo de la alameda fue más que agradable con el tibio sol de enero que algunos agradecían más que otros.
La llegada a meta fue espectacular. Ambiente de primera, irrepetible, con sonido, color y gente.
Para no ser yo él que corría, para no ser yo quien disfruté de la vivencia de otro, para no ser yo el afortunado que me codeé -sobre todo en la salida- con corredores ilusionados con llegar bien, debería decir, aunque suena raro, que me gustó ser otra persona.

No hay comentarios:

Publicar un comentario