jueves, 31 de octubre de 2013

Vueltas en Sollana. Breve mensaje sobre el tórrido atardecer del 3 de Agosto de 2013

Mi buen amigo Romualdo vive allí. A un lateral de la A7, esta pequeña localidad, semejante a muchas de la periferia de la Albufera, dedicada a la agricultura -arroz- y sus derivados, con pocos habitantes pero bien habitados.
Podía haber ido andando, corriendo, en definitiva a pie, desde mi casa de Benifaió, pero me dió no se qué la vuelta. Al final me arrepentí. Mover el coche para algo que todos los días hacía me pareció medioambientalmente un crimen, un acto mezquino de un corredor.
Pero llegado a la localidad, me decidí a realizar el protocolo de todas las carreras. Y el primer paso es la recogida del dorsal. Lo habitual de una carrera de una pequeña localidad, donde la inscripción sea gratis y que solo se pueda uno inscribir en el lugar -algo extraño, muy extraño-, era esperar que un voluntario o funcionario del ayuntamiento, tome nota de mi nombre y apellidos, con algún defecto asumible. Pero fue extraño. Un numeroso grupos de jóvenes sentadas detrás de una mesa daban dorsales sin tomar datos y solo escribían dos o 3 letras sobre los dorsales de plástico.
El mio ponia V-B. Había muchos como yo.
Como llegué con mucho tiempo, algo habitual, decidí recorrer el circuito. Como se podía adivinar, el recorrido plano ayudará a no notar mucho el extremo calor del estío de la ribera valenciana. Mientras unos nos dedicamos a bajar la tensión de la semana laboral, de las dificultades familiares y de las incertidumbres del cercano futuro a base de soltar toda la adrenalina por los poros, otros lo hacían en el bar de la calle principal, o en las casapuertas -perdón por el termino gaditano, pero su nombre es también aplicable a las cancelas de las viviendas a pie de calle-. Con el interior de las casas ardiendo por el fuego aportado los rayos del sol durante todo el día, es costumbre de sacar las sillas. Me miraban extrañados de que fuera tan solo, sin nadie delante mía.
Después de esta vuelta, me puse en la salida dispuestos a recorrer 8 km en dos grandes rectas. La humedad y el calor no remitieron mucho a las 7 de la tarde y sufrimos la primera vuelta. En la segunda, estuve a punto de pararme a tomarme un tercio con los ciudadanos. Pero seguí y llegamos a meta el pequeño grupo con el que fui durante toda la carrera.
Y ahí llegó la segunda anécdota. Un señor mayor, con un papel cuadriculado en la mano y algunos garabatos escritos me paró y observó muy de cerca mi dorsal. claramente no estaba entre los 3 primeros. Los primeros, grandes atletas perdidos en una prueba de pequeña población, estaban apartados para recibir su merecido premio. Mientras, el resto del ganado, se dispersaba buscando sus coches para volver a sus casa y refrescarse.

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