sábado, 21 de diciembre de 2013

Un salchichón. Repechos serranos el 10 de noviembre de 2013

Puede que nunca más relea estas líneas. Puede que se hundan en el fondo del olvido de lo escrito. Puede que nadie pose sus ojos en el texto que ahora comienza. Es posible, es muy probable. O no. Puede que cuando pasen los años, abra estas páginas de recuerdos y me inunde el aire puro de Grazalema en la memoria de mi primera carrera en la sierra gaditana. Puede que me inunde el frescor de lo sencillo en esta carrera de adjetivo popular en letras mayúsculas. Puede que ensueñe a otro lector, a otra lectora en algún lugar de nuestro planeta e imagine el pueblo blanco gaditano, el ambiente festivo de los corredores. Puede que sus pupilas se cierren pensando en la cuesta dle inicio de carrera...puede que pase eso y por eso lo escribo.

Si me les, si me leo, imagina que estás en Grazalema. Recuerda. Te has montado en el coche y vas con Diego. Es fantástico ir con Diego. Lo recuerdas perfectamente. Sabes que puedes escucharlo miles de horas y no cansarte. Porque tú no eres un gran hablador. No. Miras al frente, la carretera y el paisaje. Es noviembre y hace un día abierto. El cielo se puso de vuestro lado. Siempre bromeáis por que algún dios atleta hace que siempre sea un día fantástico para correr, sea entrenamiento o carrera. Subimos hasta el pueblo, y recogimos los dorsales. No esperamos encontrar muchos conocidos pero si hubo algún isleño, gaditano.
Imagíname. Soy corredor desde 2004. Aunque no soy hablador, la gente me conoce. No corro normal. Parezco que me voy a caer en cualquier momento, me poco delante de grupos, animo a los que forman el pelotón conmigo. Piensa en un corredor, asiduo, necesitado de correr. Calienta solo, se sumerge en la masa de corredores en la salida, miras al juez y dice  frases como "disfrutad, que quedan pocos kilómetros". Quizá por eso, crees que me señalan o me llaman por mi nombre.

Recuerdas que calentaste esta vez ratos en compañía y ratos en solitario. Hablaste mientras probabas los primeros cientos de metros de subida. La subida del inicio. Diego economiza. Te dice, te insiste, y a su vez se mentaliza en que no está en plenas condiciones. Y yo pienso que no es cierto. Está mejor que nunca. Porque no solo corre sino que hace más cosas que la pasada temporada. Que se lo digan sus colegas, su familia y las arañas. Y yo también.

Y lees y no imaginas todavía el pueblo. Piensa en un pequeño coche que atraviesa el alto del Boyar, cumbre de montaña forestal. Pasa el pequeño coche con mucha prudencia al lado de un grupo de héroes en bicicleta lo han subido desde el Bosque. Y de pronto, unas casitas blancas se agolpan a tu izquierda. Nos ves en el coche llegando hasta la ultima entrada al pueblo. Aparcamos y fuimos a recoger el dorsal. A resguardo del fresco de la mañana, en las oficinas del ayuntamiento nos ponemos en la cola. No hay nervios como en otras carreras. Llegamos con un margen aceptable. Sonrisas y risas con los que piensas que el escritor conoce. Ellos, charlan con Diego y con narrador y se ríen por los jamones que han venido a ganar.

Ha pasado muchos años desde que corriste esta carrera. Y te has plantado delante de tu diario y lees que lo pasaste bien, muy bien. No te extraña. No hay recuerdos de dolor, de tristeza en tus carreras, Y escarbas en tus recuerdos y por fin te ves en la salida, mezclado con los pocos corredores. Siendo uno más, que es lo que siempre te ha gustado. Ese pasar entre las calles y estar mezclado por muchos otros. Y ser gregario, hormiga de pelotón. Siempre te ha gustado esa sensación de no ser importante y serlo por estar. Si no estás no pasa nada. Y si estás tampoco. Y así subiste a ritmo la primera gran cuesta. Y te viene a la memoria que ese primer repecho te lo tragaste bien.  Recuerdas que te gustó. Siempre me lo dice Diego. Podría estar subiendo siempre. Pero no me gusta bajar.

Y me ves recuperando el aliento y sintiéndome molesto en la bajada primera que cruza el pueblo, a velocidad de vértigo.  Pero ves que llego tocado a la siguiente subida. Observas como cambio de paso y brazada. Más ritmo, más. Me animas al pensar como la carretera se empina levemente. Y llega el último tramo para volver.

Lo recuerdo bien. Mis pulmones están repletos de un oxigeno frío, pleno. Tanto que no sabes qué hacer con él. Cómo se traga ésto, te dices. No. Me quedo aquí, esperando a Diego que está muy cerca mía y que me lleve. Pero no recuerdo que me haya sucedido nunca. Si me hundo no me llevan, porque no puedes seguir a nadie. Has sido siempre un maldito solitario, incapaz de seguir la senda de nadie, de los que saben. Lo cierto es que llegaste a dar la vuelta sobre tus pasos, tus zancadas para caer montaña abajo al pueblo. Pero sabes que te esperaba otra cuesta. No es una sorpresa y la deseas.

Y me ves dejándome caer. Y me ves como se me llenan de recuerdos de otras bajadas como en 7 Aguas. Pero me ves distinto. Me viste  con las piernas sueltas en las montañas valencianas y aquí me observas con agarrotamiento. Y llegó la cuesta y Cuesto. Y me ves otra vez alegre, retomando la responsabilidad de subirlo a tu compañero hasta arriba. Si creístes que se me llevo el aire mis últimas energías, casi fue así y me quedo casi parado cerca del final. Justo cuando en una curva, alguien me anima con la expresión mil veces pronunciada "vamos que queda poco".

No puede ser que siga ese puente en tu vista y las calles esperando tu llegada. Anónima como te gusta. Sin nadie que te espere a ti, sino a uno más. Eres el que cruzas, pero no eres tú. Y te sientes reconfortado. Y pasan por ti las miles de veces que tu mano derecha coge tu muñeca izquierda y con tu índice pulsas el fin de un tiempo infinito y acotado a la vez. Deseas llegar a meta y esperas por otra parte que sea unos kilómetros más tarde. Se acaba así otro momento de disfrute, otro momento viviendo en otra vida. Sintiendo lo que no sientes en tu otra vida.

Es hora de cerrar el diario. Los días de tu vida transcurren con otro latir, con otra ropa y otra visión. Todos tenemos muchas vidas. Somos gatos encerrados en un cuerpo humano y más de siete vidas aparecen y mueren. Espero que mi diario siga narrándote, narrándome, lo que esa vida sobre unas zapatillas te dió.

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