domingo, 29 de diciembre de 2013

Y en los entrenos hay encuentros.

Miles de entrenamientos los he hecho solo. Los hago solo y los seguiré haciendo solo. No me da pereza ponerme los hábitos de monje corredor solitario y tirarme al aslfato, a la tierra o a la hierba artificial para correr y entrenar sin la compañía de otros. Solo yo y yo mismo.
Hasta hace poco, entrenaba después de la jornada laboral. Soltaba el lastre físico de las horas de trabajo y por necesidad, por creencias, por pasión, por todo ello, me iba camino de recorridos hechos y deshechos por las zapatillas que gasto y sus antecesoras. Rumbo a los Toruños cuando la luz solar deja, y rumbo a El Puerto si necesito de ayuda de las farolas. En el primer escenario, mis gafas de sol, mis eternas gafas de sol -Vanessa, qué ayuda me diste!-cubren mis ojos y veo el camino más templado. Si es después del atardecer, sin vista y con el instinto del invidente corro con ansias hasta el Parque Calderón y  busco a mi vuelta las pisadas hechas.
Y en Valencia el ritual fue semejante. El primer verano me embriagué entre los frutales y arrozales entre Benifaió y Sollana, Los calurosos días de la Albufera no lo eran si corrías descargando a tierra tensiones de trabajo y de lejanía de lo querido. Los días se acortaron y mis entrenamientos se torcieron hacia el polígono. Fue allí donde me encontré con otro entrenando, otro atleta de la tarde. Como no me sorprendió, fue más que amistoso su saludo. Si entre los corredores es habitual un saludo, suele ser que cuando nos repetimos nos volvemos hermanos, viejos amigos de toda la vida. Y así en el segundo encuentro, este corredor que cumpliría 40 años aquel año, se volvió para correr conmigo los kilómetros que me quedaban. Hablaba del buen ritmo que llevaba, y yo le contestaba de la fácil zancada. Me comentó sus hábitos de competiciones y yo de los míos. Poco me hace falta para contar todos los avatares de mi existencia y así Marcos, que así se llamaba, supo mi procedencia, familia y trabajo. Y hablamos y corrimos.
Y hablamos de un tema digno que queden en estas lineas. No es acaso algo, dije, absolutamente grato que ir a una tierra y encontrarte gente que te acepte y te aprecie, como me ha pasado en Valencia. Y su respuesta de dejo pensativo. Y no es acaso, dijo, que las personas se hagan aceptar y apreciar. Pues haciendo memoria, no encuentro un adjetivo para clasificar a los habitantes de la tierra de forma negativa en estos aspectos. Mientras que adjetivos como expresivos, otros más habladores, risueños, íntimos, ferozmente amigos por generalizar algo, no he podido decir que vascos, madrileños, catalanes, británicos, andaluces, portugueses, alemanes, norteamericanos, valencianos sean ásperos, reacios a la amistad o a los social. Eso sí, algunos tienen un sentido de la amistad que llega a lo divino. Y son las personas que he conocido de lo pueblos del norte los que más he tenido esa sensación.
Al invierno siguiente entrené mis series en la pista de Benifaió. Pistas de duro asfalto sin señales de carriles pero pista al fin al cabo. En él compartí buenas series con mi buen amigo y camarada Pepe. No puedo recordar su cara sin ver su sonrisa, cabellera envidia de la mía. Sus pequeños ojos son los que se fijan en su interlocutor, consciente en lo agradecido es hablar con alguien que te ve, te observa, te lee. En algún que otro entreno se nos juntó nuestro Ángel. Con cuerpo de suspiro, corrió series con nosotros dejándonos tener nuestros pequeños triunfos. Pero hubo otro Ángel. Mi primera serie con él fue extraña y grata. Se dirigió en valenciá preguntándome sobre qué series estaba haciendo. En la tercera se estropeó. Pero quedamos enganchados. Y nos vimos en el 10k de Valencia -esa carrera me dio otro nombre para él- y en otras series. En el ultimo verano giré hacia las colinas cercanas a Picassent, a las colinas de las urbanizaciones de Sierraimar. Coroné el pebetero y algo más.
Volviendo a El Puerto, mi eterno acompañante en las tiradas es Diego. Con su giro de brazo para ver el ritmo en su reloj, en su charla mientra yo ando asfixiado, con sus tirones me he acostumbrado a correr por los Toruños. Correr en compañía en estos lares y no escuchar una queja como "que malito estoy y que poco me quejo" no es lo mismo.
El otro día quedamos en Rota para hacer la tirada larga. Ibamos a aprender, a intentar corregir malos vicios. Quedamos con el maestro y un alumno más avanzado y más jabato. Aprendimos a salir más moderado. Diego y yo nos miramos como diciéndonos "cuándo empezamos". Pero empezamos. Y sobre todo, terminamos. Está claro que el maestro sabe llevarnos. Es dificil para mi intentarlo, pues suelo arrancar más rápido y aunque sean 90 progresivos estos no lo son tanto si no te guian. 
Pero pasa en esto y en otros aspectos de la vida. Correr es vivir. Y vivir es correr. No puedo separarlo. Otros piensan mirando al infinito de un techo cercano. Yo me abstraigo  mirando el infinito de un paisaje que se me queda lejos, muy al este, muy al norte.

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