No puede caer esta carrera en el olvido. No puedo abandonarla, dejarla al mismo nivel que otras carrera que han sido disfrutadas pero han sido más rutinarias.
Esta no ha marcado un antes o un después sino otro cúmulo de sensaciones que vibran todavía en la retina de mis ojos.
Embarcamos esta vez en mi tartana. Mi destartalado coche era lo ideal sabiendo que no iba a quedar bien después del viaje. Barro era prometido pero la suspensión recibió su regalo. El clima y las condiciones en como llegamos prometían una causa justificada por la que nos embarcamos.
Diego sin dorsal y Eugenio sin kilómetros se juntaron conmigo cuando me dije "si es una carrera dura, debe ser entretenida". Porque si nos ponemos a correr que sea lo más divertido posible.
Y como decía, y para no perder el hilo de la memoria, hay momentos que se te sellarán en un pequeño rincón de tus recuerdos. Un anochecer, un encuentro, una espera, una pérdida, una carrera. Una carrera o varias. Si son intensas o extensan, si son masivas o solitarias, si son fracasos o triunfos. O simplemente porque tú, marcado en esas horas, notaron que no estabas haciendo algo rutinario.
Por eso, mientras conducía bajo una suave y densa cortina de agua, jaleaba a mis compañeros de vuelo, de viaje al húmedo arenal. Y presentía que esa aventura iba a ser un éxito.
Diego intentó conseguir dorsal pero la organización era estricta: el pescado estaba vendido. Y nosotros así lo sabíamos pero no pensamos que todos los compradores iban a venir a cogerlo. Pero se llenó. Bajo una carpa, nos amontonamos a la espera de los últimos minutos para hacer un calentamiento de urgencia. Nos sorprendió que no eramos pocos los tocados en el ala, y no por la mano de Dios, que decidimos ensuciar nuestras viejas zapatillas y correr y correr.
La salida neutralizada nos dió una oportunidad de volver a entusiasmarnos de correr bajo la lluvia. Sin gafas, mi visión del hermoso pinar de la Algaida quedaba algo -o mucho- reducido. Entre mi astigmatismo y la hipermetropía, los pinos, los tocones y arbustos se difuminaban algo. Pero con la lluvia y la luz reducida por la nube que cubría toda Andalucía, era mejor no ver tanto.
Diego mandaba. Diego marcó ritmo. Diego ha encontrado la fórmula mágica de disfrutar de una carrera. Sabía que por mucho que corriese, el trofeo no iba a ser suyo. Se pegó a mi, me animó, me jaleó, hizo un trabajo de Jabato para llevarme a meta, sobre todo en los terrenos más duros: los dos primeros km y del 9 al 14. Por lo que me contó Eugenio, salió con cabeza y subo dosificar su fuerza. Y apreció que puede dar más. Va a dar mucho que hablar.
Chano hizo buenos relevos en los primero 11 km y Jacobo que se unió al grupo lo hizo desde el 14 aproximadamente. Me gustó su zancada y buen espiritu de pelotón.
La meta, empetada de corredores del cross, se apiñaban bajo la protección de la carpa, y en el kiosko nos dieron las viandas correspondientes: agua, frutos secos y naranja. Mientras comentaba la enorme satisfacción que me llenaba los pulmones, la sangre, uno de la organización me dijo que hemos tenido suerte. Que en seco es peor.
Pasarán carreras, pero esta se ha quedado. Le doy la bienvenida y deseo que se asiente en su rincón. Espero que pronto comparta con otras carreras, pues hay sitio para grandes emociones. Las he vivido y me gustaría tener más.
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