Me levanto, como siempre, con esa inquietud con la que todas las mañanas me empuja ha salir de la horizontalidad del descanso nocturno. Desde pequeño, no he podido aguardar en la cama mirando el techo. Mi madre me lo recuerda a menudo que de pequeño preguntaba en la madrugada si ya era la hora de levantarse. Las horas pasadas en mi adolescencia contemplando las vetustas vigas pintadas de marrón sobre mi cabeza, en una cama que crujía en cualquier intento de acomodo. Horas observando los cuadrados entre las vigas, con papel pintado en ocasiones a punto de desprenderse, en otras ocasiones pintado a punto de descascarillarse.
Hoy domingo, como decía salto de la cama con esa molestia en mi cadera. Me preparo el desayuno, aún en pijama, tiendo la lavadora y recojo el lavaplatos. Y mientras me tomo mis dos tostadas con mantequilla, leo dos líneas de una novela, que me lleva a otros mundos, otros tiempos, siempre irreales, siempre inventados. Como el que vivo, el que vivimos. Por eso, cada paso que damos, cada vez que nos dirigimos a alguien o hacemos algo, inventamos el siguiente momento, el siguiente segundo.
Y este domingo iba a inventarme un nuevo entrenamiento. Podría haber sido uno rutinario uno repetido mil y una vez en los miles de domingo que he entrenado. Pero con la intención de ser algo nuevo, me coloco mis viejos zapatos de correr, me protejo con vaselina las zonas de roces, coloco en mi cintura las monodosis de agua y con mi teléfono colectando kilómetros y senda realizada, cierro la puerta de mi casa.
Empiezo a trotar, con ese paso asíncrono que arrastro desde hace días, camino del paseo marítimo. Un baño azul cubre el cielo. Las palmeras en calma de dicen que no tendré otro inconveniente que el mío propio. Las calles siempre vacías a esa hora en los domingos se dejan pisar hasta dirigirme a el Puerto.
En esos momentos había medio millar de corredores en el parque natural donde suelo entrenar y eso era novedad. Por eso, cambio la brújula y la giro al norte. Voy sintiendo a más lo que me molesta en la cadera, pero inventando el futuro, no podía hacer que éste sea de rendición, de claudicación ante un "problema no identificado".
Sumergido en la mañana dominical donde dormitan sus habitantes sin querer reconocer que el domingo perderán la hora que le prestaron con el cambio de hora anterior, atravesé el parque Calderón, los aparcamientos de la ribera, pasé enfrente de la casa del mar llegando a la playa de la Puntilla. Allí bajé a Puerto Sherry, rodeando el faro y subiendo hacia la fila de casa y restaurantes frente al mar. 46 minutos, justos para volver. La ciudad no despertaba y solo unos pocos paseaban por las calles y algún corredor o ciclista escapados de sus casas, dejando en sus casas llenos de durmientes bajo unas sabanas que no quieren removerse. Pero ellos van lo suficientemente despiertos y contentos de acabar un buen entrenamiento matutino y con fuerzas para hacer un fuerte saludo. Yo apenas puedo contestarlo. Y llegando a mi barrio, en la Iglesia de los mercedarios, dos matrimonios se saludan mientras afronto los últimos kilómetros. Se me han hecho muy largos estos 20 kilómetros.
Vuelvo a marcar mi futuro. Cada gesto, cada milla hecha, cada descanso o despertar, cada discusión o acuerdo, cada vez que me visto o calzo, cada vez que estudio, leo o escribo. Todo marca ese futuro, cada vez más incierto e inseguro. Y corriendo puede que gire el futuro hacia algo más favorable. Por lo sano, por lo regenerativo de las células oxidadas. Además, es la puerta de conocer personas sanas.
Corro como un cobarde, delante de los sinsabores y detrás de las ilusiones.
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