Todo parecía ir de maravilla. Las
estrellas y constelaciones se habian alineado para ser una media perfecta. Mi
cadera estaba en condiciones, en los entrenamientos iba a mejor y la compañía
era buena (faltaron muchos, eso sí). Además, el día amaneció con un tibio sol y
un ligero viento que iba a favorecer la carrera. Aparqué algo apartado y me
encontré con mis buenos amigos ya dispuestos a recoger el chip, esa especie de
grillete que se debe poner en el tobillo que el carcelero te insiste al dártelo.
Eres ya un prisionero de la carrera, que cumplida la pena se te retirará. Espero
que Sesca pueda amortizar rápido su equipo y lo cambie por los dorsales con
chip.
Luego un corto calentamiento con
otra buena compañía. Tengo la costumbre de intentar calentar lo máximo posible.
Mis piernas necesitan un calentamiento más extenso. Y así lo intenté pero me faltaron
ese leve ritual de estiramiento, esa especie de ceremonial que antes de la carrera,
esas reverencias intentando llegar al suelo con las piernas rectas. O ese coger
la punta del pie sobre la valla, o arrodillándome frente a otro corredor. Todos
esos movimientos lentos, imprecisos e inconclusos que suelo hacer antes de
echarme a correr detrás de las fieras, no los hice.
Y allí, en la línea de salida,
esperando que la pistola rompa el murmullo de los corredores antes de la
carrera, de pronto, ocurrió lo insólito. Se escucha entre los corredores de
primera línea un, "andá! el chip!" como el antiguo anuncio de un
dulce redondo sin agujeros que en nuestro tiempos un chico gritaba dándose una
palmada en la frente "Andá, la cartera!". Fue nuestro buen corredor
Trillo quien corrió unas rectas antes de empezar la carrera a recoger su
grillete.
Y el pistolero cumplió con su
amenazante postura de disparar al aire, sin causar estragos en la población con
alas. Y allá salimos. Como siempre busqué mis referencias, y nos las encontré.
Al no encontrar ritmo, me encontré acelerado y con Mon y Diego a mis espaldas.
Me di cuenta a los pocos metros que no era eso lo que yo podía hacer. Juan y
Manuel se posicionaron para conseguir lo que buscaban. Ellos si que son héroes olímpicos.
Porque no existen categorías con hándicap, porque ellos acumulan horas sin
sueño, preocupaciones y dolores de espalda. Cualquier tiempo es bueno,
cualquier resultado es un éxito sabiendo lo que llevan esos pies al correr.
Pronto encontré unos pasos que me
seguían y parecían tener el ritmo que podía mantener. Pero al rato de dar la
vuelta al dios-hombre instalado en Sancti Petri, una descarga eléctrica en la
parte trasera de mi pierna izquierda me hizo dolor. Todo se repite. Todo parece
vano e inútil. Todo lo que hacemos no sirve para absolutamente nada. Estamos
abocados a un destino marcado. Intentes hacerlo mejor o peor siempre estarás
como tu línea de la vida te ha trazado. Aunque te cuides, ten entrenes, te
alimentes o descanses. Si tienes un cuerpo defectuoso, una mentalidad pobre,
por mucho que quieras, serás lo que eres. Tu futuro no es tuyo. Ya lo han
escrito y así será.
Y en esa tesitura, con ese
calambre instalado en cada zancada, fue el km 9 a trancas y barrancas. Decidí
(o no. O lo hizo quien maneja los destinos), bajar radicalmente el ritmo y
llegar. Y llegaron por detrás las legiones de Chiclana y algún héroe de
Trebujena, pasando de mí olímpicamente. Los repechos, me ayudaron a quitarme algún
despecho con ellos, pero me abandonaron, me dejaron tirado al no ser de su
estirpe de su clase. (toda una mentira, pues me dieron más ánimos que los que
podía mi lamentable pierna).
Y en las desiertas aceras, en
alguna esquina se apostaban animadores no profesionales con aplausos y gritos
de aliento salidos del alma, que provocaban una leve sonrisa con los dientes
apretados para superar el último esfuerzo. También en el paseo marítimo y en
los puestos de avituallamiento, con chicas y chicos dándonos un trago de agua y
un "¡vamos, que ya queda poco!".
Por fin recta final y a la
camilla, que por primera vez uso en una carrera. Esperando un leve alivio, lo recibí.
Después de la ducha, la cojera se me hizo visible y mis dientes se estrellaron
uno contra el otro, intentando en una lucha desesperada ayudar a pensar en otra
molestia.
Debido a que no hubo muchos
corredores de mi categoría, subí a recoger un bonito trofeo que permanecerá en
las estanterías algún tiempo.
Escribo estas líneas, días
después de la carrera, cuando empieza a disiparse entre la rutina diaria y
entre los problemas que emergen entre las piedras, asfalto o laminado. Se
diluyen esos momentos con un número en el estómago. Esas sensaciones que lo que
haces en ese momento no molestas a nadie, sino que solo, solamente tu corres
entre gente, sobre calles y bajo la presión del cielo que solo te observa sin
juzgar si lo haces bien o mal. Solo corres.
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