El equipo habíamos realizado nuestros turnos de vigilancia. Llevábamos dos
semanas y estábamos más delgados. Sobre todo Ricardo, que su panza había bajado
significativamente. Él lo seguía en sus salidas por la barriada de la Paz pero
en bicicleta. Antonio y yo andábamos algo más bajo de peso pero es que este
individuo es muy pesado. Siempre lo mismo. Correr, correr y correr.
Hemos alquilado un pequeño piso justo en el edificio de enfrente para poder
seguir sus movimientos. Aún no sabemos que buscamos, pero tenemos que correr.
El sábado 5 de marzo salió de su casa con la bolsa de deportes. No sé porque
tiene esa bolsa con el logotipo de un club de Rota. Parece que en vez de
corredores son jinetes porque lleva una herradura como símbolo. Lo cierto es
que se encaminó por el paseo marítimo junto con un tal Enrique hasta la altura
de donde estaba instalado la salida de una carrera.
A cierta distancia observo que se desvía, y sube a un piso de un edificio
pegado al paseo. Espero que baje y ya va disfrazado de corredor, a pesar de que
queda tiempo.
Este hombre no se harta de tanto correr. Después de charlar con dos
corredores, padre e hija, portuenses, va y se va a correr por la playa hasta el
chato. Ya en línea de salida charla con otros corredores que calientan dando
vueltas cercanas a la salida, como si hubiese una fuerza gravitatoria que a
medida que se acerca el momento de la salida hace que no puedan alejarse.
Sigo observando sus movimientos, sus conversaciones y me parecen tan
vulgares y comunes como de todos los individuos de su entorno. No escucho nada
de transacciones económicas, política, pensamientos religiosos o trapicheo de
sustancias nocivas. Todo son entrenamientos, zapatillas o dolores musculares.
Salen por fin. Es sábado tarde y estoy deseando terminar este seguimiento.
Hace mucho viento a favor, de poniente cuando salen todos despavoridos
siguiendo al ciclista que abre la carrera. Increíble como corren. El sospechoso
(de alguna manera lo tendré que llamar, a pesar de no sé qué) va más deprisa de
lo normal. Cuando gira, un grupo que le acechaba se lo come con patatas. Es un
decir, claro. Lo alcanza. Pero, este tipo aguanta. Empieza a caerme gordo.
Estoy pensando que a lo mejor alguien quiere liquidárselo. Habrá dicho una
burrada de alguien, supongo. Volviendo a la carrera se engancha a gente que
parece muchísimo mejor que él. Al final llegan todos distribuidos a meta pero
contentos. No lo entiendo. Como llega contento con la paliza que me he pegado
yo.
Fue entonces cuando vi un comportamiento muy indigno. En meta había
refrescos y sándwich. Este tipo se tomó al menos dos bebidas y un plátano. Pero
es que se va otra vez a ese piso, baja duchado y se pone a comer sándwich como
un poseso. Indigno, no, lamentable. Encima, haciéndole gracias a los
estudiantes que bromean con los números que los chicos sacan de una urna
transparente de forma inocente para el sorteo de una bicicleta (por cierto, ¡menuda
bicicleta!).
Insisto. Me está cayendo muy gordo este tipo.
Veremos como acaba esto.
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