La verdad, es que no tengo muchas ganas de escribir. No tengo ninguna. Pero
me duele no recordar lo buenos momentos y en esta carrera los hubo y quizá al
final. No me voy a extender en narrar lo siempre narrado: pocos corredores
(varias carreras en la bahía han hecho que no nos multipliquemos), rozando los
700 (esta carrera merece 1500). Ruta algo variada a anteriores ediciones con
mucho en carril bici para no cortar calles. Luego lo mismo. Sin mucho calor,
con algo de humedad y una meta fantástica.
Aproveché para remojarme los pies en el caño. La temperatura no era nada
fria. Y luego me invitaron a una cerveza y media.
Y ahí lo bueno de la jornada. Pues por un motivo u otro no tengo
posibilidades de disfrutar del tercer tiempo de las carreras. Muchos lo hacen,
e incluso un cuarto tiempo que incluye comilona en algún restaurante cercano a
la meta. Como iba diciendo unos magníficos corredores me invitaron a una caña
mientras me contaban anécdotas de sus carreras. Una allí con un grupo de
corredores, otra allá con mucha lluvia... sus años corriendo por España y por
el mundo dan para libros, dan para narrar y narrar aventuras. Y aprendes de
ellos a como ver que las marcas, los puestos dan igual. Lo que importa es la
meta, es estar en ella y poder luego narrarla. Ellos pasaron la noche anterior
de reunión de amigos hasta las 3. Yo, hasta la 1. Sin quejarnos, las usamos de
excusa. Sin quejarnos la contamos para repetirla. Desaparecen ideas políticas, económicas,
religiosas. Nos convertimos en corredores, y lo común lo disfrutamos. Hicimos
chistes sobre las carreras en la otra vida. ¿Y correremos todos en la misma
categoría? ¿Quién repartirá los dorsales? ¿Allí habrá cuestas? Mientras llega,
corramos en la tierra. Mientras llega, sumemos recuerdos agradables para
superar los desagradables. Corro a meta de cada carrera esperando recoger ese recuerdo que me contrapese los otros.
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