Quizá no tenga que contar mucho, pero por no olvidar las cosas buenas las
escribo. Pues yo soy de memoria altamente volátil y todo pasa a ocupar un
segundo plano. Quizá se me llenó en sus tiempos con números y siglas. Todavía
me quedan los números de piezas de los transceiver 97VP-15607-AB o el de módulos
de control -19A366-. Todavía flotan entre mis deterioradas neuronas códigos como
J1 o IC1A, nombre de estaciones como la DIP1B, maquinas, componentes electrónicos,
planos, estaciones de mecanizado, nombre de procesos.... esos se han quedado
agarrados como lapas a las células de mi memoria, dejando sin hueco alguno para
los datos de la vida de un hombre. Estos llegan al cerebro, lo alteran durante
un corto periodo y luego los deja caer para que se evacuen entre sueños o
esfuerzos.
Así ocurre con mis días de carreras y no quiero olvidar encuentros fugaces o
estables, conversaciones profundas o superficiales, esfuerzos sin marcas,
resultados mediocres entre otros y excelentes para mí.
Así me escribo una carrera más, un encuentro más conmigo, contigo y con
otros.
Ese domingo llegué temprano a Chiclana a pesar de tener el dorsal ya usado
en otras carreras del circuito chiclanero. Siguiendo mi costumbre de aparcar no
muy pegado a meta, me dispuse a calentar con cierta premura. Para mi regocijo,
me encontré con Jose y también con Sebastián y muchos otros nativos de Chiclana.
Luego hice un buen calentamiento con Enrique, que no falla. Además tuvo el
detalle de darme los trofeos de Juan y mío de Trebujena. Un troteo suave, una
conversación sin prisas, fue un rato agradable. El estero, amplio, infinito,
donde los caminos de tierra entran en un mar suave y tranquilo. El cielo, algo
encapotado con un viento cambiante cálido y húmedo. Saludos finales a Raúl,
Mon, Diego (disfrazado de paisano), Luis y muchos otros en una salida
abarrotada de casi 600 corredores. Es fantástico ver que esta carrera si
llegará a los mil participantes. Más publicidad, un buen patrocinador y tienes
al millar de aficionados en estos senderos, con un coste reducido y un lugar
para celebrar el final de carrera grandioso.
Así salimos, algunos muy rápidos. Mon, el Chico, Sebastián, Raúl, todos
delante y alejándose. Yo bien, muy bien, si tengo que hablar de mí. El viento
no se notó pero el calor húmedo fue una pequeña losa que nos cayó a todos por
igual al girar para volver a meta. Tuve la enorme suerte de que un chaval de
poblada barba, creo que se llama Diego, me marcase el ritmo en la segunda
parte. Son esas anónimas compañías que te alegran el paso. Bien sabe el que me
conoce, que no pretendo llegar a nada, ni ser nadie, solo ser yo. Pero a veces
viene alguien desconocido y te lo dice sin decírtelo, que tu ritmo no es el que
llevas, sino otro, más alegre y esforzado. Así llego a meta con un mensaje del
paisano Diego diciéndome que corra y que no sonría a la cámara. Así lo hice. Y
no sonreí a la cámara. Luego Mon, me dio me dio mi camiseta y Diego la suya, de
corte algo femenino al igual que el color. Para mi sobrina, para mi hija.
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