Aunque este año no disfrute de las carreras de playas, me trae a la memoria una historia que ocurrió en una de ellas. O no, porque puede que la historia que os cuente, no sea más que una ilusión.
Fue hace unos cinco o seis años, en la playa de la Barrosa. Fui solo porque ninguno de mis conocidos se animaron o porque no estaban en la zona. Lo cierto es que aparqué con tiempo y fui a recoger el dorsal. Allí me encontré con Jose y calentamos un rato. Nos cruzamos con docenas de corredores que calentaban en dirección opuesta. Y fue pasar uno de ellos cuando Jose me hablo de él.
"¿te has fijado en ese corredor?, ese alto, algo mayor, con pelo cano y rizado, con la camiseta azul, antigua y esas calzonas tan antiguas. Viste a su aire, fuera de la moda de los corredores. Las tirantas de su camiseta son finas y alargadas. Es muy holgada y a pesar de su deteriorada apariencia, es de buena marca y el excesivo uso no le ha afectado en demasía. Su dorsal no busca el paralelismo al suelo ni la total adherencia a su liviano vientre. Los imperdibles lo agarran de milagros y hace un gurruño en la camiseta. Su pantalón corto, muy corto, minimalista es también antiguo y de otra buena marca. Lleva calcetines cortos de Decatlón y los zapatos son autentico museos andantes. Seguro que lleva al menos mil kilómetros de esfuerzo sobre todos los terrenos.
Pues bien, ese hombre estuvo el año pasado y calentamos juntos, como lo hacemos tu y yo ahora. Me abordó, con una amplia sonrisa, deseando mediar palabra con alguien. Venia del norte de España y estaba de vacaciones. Había venido solo después de unos meses, dijo, de mucho ajetreo. Sin familia, y con un reducido número de amigos, dijo, quiso escaparse al sur, donde le dijo su sicóloga que encontraría algún contacto humano sin prejuicios, ni lo trata desde la muerte de su padre, atropellado en un paso de cebra Y allí estaba, en Chiclana, rodeado de extraños. El se sentía un extraño entre corredores. Me contó todo eso y más. Espera, que se acerca, a ver que nos dice"
Fue entonces cuando lo conocí mejor. Después de unos breves saludos y sugerir que trotásemos por la arena, enhebró el hilo de su vida que dejó José en el aire y nos tejió delante nuestra el porqué es corredor. Había nacido en un pequeño pueblo de la cuenca minera asturiana. Hijo único, su madre abandonó esta vida cuando él solo tenía 10 años. Su padre, minero, apenas podía hacerse cargo de él por lo que pasaba gran tiempo en casa de unos tíos suyos, donde su presencia se diluía entre sus cinco primos. En esto, Miguel -que así se llamaba- se quitó las gafas. Viendole completo su rostro, es de aquellos que reconoces a primera vista. Uno de sus pomulos había sido golpeado y triturado y apenas hacía de balustrada a la cuenca del ojo. Un ojo de cristal que apuntaba siempre al mismo lugar, al infinito futuro, Para acabar de los detalles de ese rostro maltratado, dos cicatrices le surcaban desde la frente, rompiendo la cordillera de la ceja y llegando a donde debía estar el pomulo. Aunque yo llevaba gafas de sol, Miguel observó que yo le miraba de forma intensa y con un símbolo de interrogación flotandome sobre mi cabeza. El también fue minero y sufrió un terrible accidente. Parte de la galería se desplomó sobre su casco que le salvó la vida, pero lo a punto de perderla por el golpe en el rostro. Su ojo izquierdo dejo de darle luz y su maltrecha cabeza fue suficientemente terca como para sacarlo de ese infierno. Su vida cambió para siempre. Consiguió un trabajo administrativo y dejó los orificios en el terreno asturiano, para sumergirse en una oficina.
Lo uno siempre piensa al encontrarse a un corredor es por qué lo hace. Uno encuentra explicaciones a su comportamiento aunque no siempre convincente.¿Y Miguel? Muchos se dejarían arrastrar por el vacío de la autoestima, pero a Miguel no le pasó. Decididamente fue a por todas.
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