Como todos los años, desde hace muchos y esperando que sea por muchos más, se reunieron corredores de montaña y populares en esta carrera mixta. Todo indicaba que el día iba a ser tranquilo, con un sol que templaba la mañana de aquel domingo.
Los corredores discurrían en sus habituales charlas -que me duele ésto, que he comprado estas zapatillas, que esta temporada no estoy fino...- en sus andares por las escasas calles de la localidad.
Cercana a la salida, estaba una residencia de anciano. Desde dentro, contemplaban a esas piernas que aparecían y desaparecían delante de los ventanales del comedor, donde tomaban, con la amable asistencia de los empleados del hogar, su desayuno.
La salida fue templada, como toda carrera de montaña, sin esos acelerones y pequeños roces de las populares llanas. Porque pronto apareció la primera amenaza. Amenaza para que las piernas se negasen a seguirle la corriente a ese descerebrado que le ordenaba subir y subir, para luego bajar. Los brazos fueron entonces la fusta de esas rebeldes extremidades y les convencían a seguir "vamos, que ya estamos arriba". Y arriba llegaron, de uno en uno, y sin respiración, ni jadeos.
Bajaron para luego subir otra vez. Al el segundo grupo de a fila india, de repente, se le echó una niebla inoportuna en la segunda subida. A penas podían ver sus zapatillas. "Por aquí" escuchó nuestro aventurado corredor. Y giró a la izquierda. La niebla cubría arboles, matojos, piedras y vereda. Desconocedor del terreno, siguió y siguó. Arriba y abajo. Dejó de escuchar al resto de corredores. Dejó de escucharse a si mismo. Pero siguió y siguió. Algo pasaba. No notaba cansancio, pero si el esfuerzo que tenía que hacer para seguir. Desde hace tiempo ya no miraba el reloj. Nada me espera. Nadie me espera. No hay meta en esta carrera. Solo existe eso. La carrera. Quizá fue en el momento en que ese pensamiento cayó sobre su mente, lo hizo sobre la niebla y de forma súbita, ésta desapareció. Y se encontró dentro de un grupo de corredores. Perjuró de que no los había visto antes, pero no le presto mucha atención. Tampoco a las camisetas, ceñidas y de colores raros. Se sintió fuera de lugar con su camiseta verde de tirantas y sus pantalones cortos. Pronto llegó su ultima bajada y cruzaron un extraño arco de meta formado por pequeños altavoces que narraban la carrera y decía los dorsales con robótica voz. Fue en ese momento cuando se dió cuenta que los demás corredores no llevaban dorsal, solo una cinta en el brazo que parpadeaba hasta cruzar la meta. Los demás corredores también le miraban extrañados, como fuera un piragüista en medio de una carrera de obstaculos.
Paro su reloj y marco un discreto tiempo. Lo que fue dramático para nuestro corredor fue darse cuenta que había estado 5 años corriendo detrás de una niebla infinita. Solo existió la carrera durante esos cinco años. Y ahora ...
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