Pues es así y es la leyenda que circula entre los numerados por un dorsal que navegan por la ciudad alguna noche de finales de diciembre para despedir el año. Y la leyenda por fin ocurrió en Chiclana. Yo lo vi a él, a Silvestre.
Lo note enseguida. A la salida del aparcamiento, subimos las escaleras y la fina y escasa lluvia nos recordó que el año fue generoso en aguas. Y entre la multitud lo vi a él. Lo conozco de tiempo pero su cara estaba cambiada. Había sufrido desde la última vez que lo vi pero tenía la luz que decía la leyenda.
Muchos corredores que han corrido una Silvestre han corrido con él dentro, dentro de su espiritu. Algo que pocos cuentan por quedar en ridículo. Otros lo ven en sus compañeros como su habitual sonrisa se extiende hasta limites. Y piensan que Silvestre les ha favorecido. Nunca tendrán agujetas de cachetes.
Y allí estaba él, con su equipación del club local entre el grupo. Sin pretensiones, la unica de decirnos que ahí estaba él por él y por Silvestre. Bajó y subió por asfalto y empedrado, girando y en rectas. Disfrutó como más que nadie. Y Silvestre querrá volver a Chiclana en otro corredor, con otro número. Deseo con ganas que me toque a mi. Yo no juego a la loteria ni a las apuestas de Fórmula 1. Pero si apuesto a las carreras, populares, para que Silvestre me elija como otro portador de la sonrisa Netol.
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