- Hola! (no soy yo)
- Hola, ¿cómo estás....? (yo)
- Ya estamos con tu memoria de Doly!
- Jo, no caigo quien eres pero me suena....
- Déjalo, déjalo así y cuéntame como te gustaría contarte a ti la carrera de Chipiona.
- Seas quien quiero que seas, déjame elegirte. Sin dar pistas a los demás, solo parla darte perfil.
- Sea.
- Eres mujer, eres, eres corredora, eres de la zona. Todo lo contrario a nuestro anterior invitado.
- Sea como quieras.
- Estuviste en la carrera, corriste como todos, disfrutando y pasando un rato agradable con las amigas ...
- ¡Calla!
- ¿por qué?
- No quiero que cuentes una carrera que no hayas vivido. Quiero escucharte contar tu carrera, La mía la conozco mejor que tu.
- Tienes toda la razón. Sea así.
- Adelante, corredor!
- Siempre temo un poco a Chipiona en mis llegadas. Parece que pasan los años siempre tengo la sensación de una mala inscripción, una transferencia no gestionada ... Pero esta vez fue sencilla y fácil. El año pasado no estuve al estar en Valencia trabajando pero el anterior fue un poco caos...
- Por favor no empieces a contar batallitas..
- ¡Pero estos son datos importantes! Si no sabes con que predisposición llegas no sabes como corres. Los nervios hay que soltarlos antes de correr. Bien saben los que tienen que coger los sobres de los clubs los minutos de angustia hasta que se entregan todos.
Lo cierto es que pudimos calentar, y con mis amigos de Rota. Antonio, mi buen Antonio, con sus problemas, Juan con la "bojiga" -no te lo traduzco porque se que tú, niña, lo entiendes, que sabes que es una ampolla en la piel, esas que tienen liquido- en un mal sitio para un corredor y el cordobés, mi profesor, con su tiempo invertido en los demás y no en sus piernas. Y él sabe que sus piernas son necesarias para los demás.
Calentamos y regamos el parque. Ya se que vosotras no podéis pero el parque se llenó de corredores observando de cerca setos y árboles, mirando para los lados sin fijarse en el color de las verdes hojas que en esta primavera gaditana las hace más fuertes. Porque la primavera en Cádiz empieza el Día de Andalucía. En la meta, en la salida, en la linea donde nos apretamos siempre esperando que nos disparen, al aire, me agarraron de la camiseta. En entregado Juan Emilio, bromeaba con ser llevado por dos corredores hasta meta, como una auriga romana en un circo. Tendrá sus fallos, pero constante y tenaz, es. Y te cuento una anécdota para cortar el ritmo de la narración.
No se si es porque te llegase aburrir pero ahí va. Mi primera media maratón fue de Rota a Chipiona. No sabía que ritmos ni con quién ir. Y me apunté con Juan Emilio. Íbamos bien, yo algo nerviosos por la energías que tendría al final. En esto, aparece un grupo por detrás y nos alcanza. Empezaron las chanzas sobre "dónde estabais" "qué lentos", etcétera. Pero escucha. Uno de ellos nos explica. Que venían de entrenar, que llegaron tarde a la salida y que ahora iban a apretar. Escuchando eso, se me abrieron los ojos y las venas y los seguí, incluso esprinté con uno de ellos
Y salimos corriendo detrás del primero, del segundo y de muchos más. Y yo detrás del entrenador y del profesor. Pero los alcancé y me puse a su frenética velocidad. No sé que les pasaba a los dos, pero sus problemas para correr no existían. Hay clase en cómo corren, en como se enfrentan a los kilómetros. No todos podemos hacerlo. Se me eriza el vello al pensar en la suerte de correr con mitos del futuro. Pues se hablarán de ellos y otros muchos que hacen fácil el correr.
-¡Tío! ¡Exageras un mogollón!
- ¡qué no! Habla con no corredores y rastrea en su mirada lo que piensan. Unos dirán que están locos, otros que no saben lo que hacen. Pero en el fondo es pura incomprensión de algo superior a ellos.
-Puede ser, pero déjalo que se van a enfadar.
-Conociéndolos tienes razón. Vayamos a la cuesta. A la cuesta donde tenemos que entender el titulo.
La cuesta no es tal, sino una calle donde su horizonte está a la altura de mis ojos y no más abajo. Es una calle larga, pero no lo suficiente para cansar al corredor. Y esa primera vez que la tomamos, Juan iba alegre a la cabeza del grupo. Me dije que él no podía estar sufriendo con la ampolla en el pie, y me puse a su lado, y después delante. Yo sentía que se quedaban, que yo, manteniendo el ritmo, no enganchaban. Paré un segundo, pero me temía que había pinchado. Esto podría ser así, pero no. Me equivoqué. Al menos, es lo que ellos me dijeron. Me dijeron que marqué un ritmo que no podían mantener, que subí una cuarta el tono musical del compás de mis piernas y que mi respiración seguía igual. Pasado medio mes, cuando ahora hablo contigo, tengo mis serias dudas.
- No somos máquinas. No somos más que seres humanos que tenemos sensaciones nuestras. Y cuando creemos lo que sienten o como se sienten los demás, tenemos enormes posibilidades de equivocarnos. Al menos tú! jaja
- Es cierto. Termino la carrera y cerramos. El resto de los kilómetros me los pasé un chaval que aprende a correr e iba pegando latigazos arriba y abajo. Se relajaba y apretaba. Pero yo a lo mío. Acabé satisfecho.
-¿ganaste algo?
- algo, pero no me quedé.
-¿y eso?
-Me suele pasar que no tengo mucho tiempo. En la Algaida, en Jerez y en Chipiona no me pude quedar mucho tiempo.
-¿ Y ahora?
- Chiclana,... te lo contaré, o a otra persona.
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