Esta media, la octava de la temporada, tiene la peculiaridad del regalo, de la lejanía del lugar donde vivo. Tiene lo insólito de los casi 16000 corredores que llegaron a meta, de la anchura del recorrido, de la ciudad que lo acoge. Tiene de nuevo la compañía y las actividades previas de la carrera. Pues todo ello influye en las enormes ganas de correr por las calles desde Septiembre.
Amanece en Madrid más temprano que el día anterior. El descanso ha sido liviano y el desayuno generoso. Ya con el dorsal atrapado en la camiseta del Alcanatif cedida por mi amigo Eduardo, bajo las escaleras para encontrarme con Diego para trotar hacia meta. Ya incluso así, Diego se iba de mi lado. Era un vaticinio de lo que iba a ocurrir. Yo ya le reclamaba que no acelerase. Disfrutamos de un ambiente naranja y festivo, donde muchos se encuentran después de tiempo sin verse. Porque una carrera es tiempo de encontrarse, de contar batallas, de lo que a uno le ha pasado desde la última carrera. O solo para un saludo efímero aunque lleno de alegría por encontrarse en un sitio imposible, por mucho que se comparta la afición de correr.
La salida perfectamente acotada, nos correspondía al segundo grupo de los 400 perseguidores de los 100 primeros. Y detrás, progresivamente, el resto de los corredores. Apenas un par de roces en la ancha avenida, en la rotonda de la puerta de Alcalá, para ir empezando a las subidas que nos llevan a la Plaza Castilla. La calle Velazquez la aguanto cerca de Diego, pero poco a poco se distancia. El me busca pero ya no me encuentra. Él si se encuentra y yo me doy cuenta que no tengo mucha energía, Aguanto por Santa Engracia pero llegando a cuatro caminos no veo el globo que seguía Diego. Al llegar a Plaza Castilla, pensé que me daría un respiro a mis falta energética. Lo magnifico fue que no me dolía el sóleo y que la cadera apenas se dejaba notar. La bajada era suave pero vino la sorpresa del pequeño repecho por la calle Colombia. Serrano si era una calle abajo, donde nunca compraré. Diego de León nos hizo subir de nuevo para probar nuestra capacidad de aguante. Príncipe de Vergara si era todo cuesta abajo para seguir descendiendo por Menendez Pelayo, bordeando el Retiro. Al ver el Retiro, no me confundí pensando que ya estaba todo hecho sino todo lo contrario. Quedaban 5 km, uno de ellos de especial repecho para acabar con todo lo que tenia. Pero antes, el Paseo de la Reina Cristina me ayudó a que no me adelantasen muchos. Alfonso XII si costó pero noté que podía aguantar y así lo hice. La vuelta por la calle Alcalá fue más sosegada y el kilómetro final dentro del parque del buen retiro fue lo ultimo que pude entregar. Diego me miraba preocupado porque veía un cartel en mi cara diciendo "agotado producto". Poco a poco, pude retomar fuerza y nos fuimos del escenario, de un lugar ideal para correr como es el Retiro.
Me lo pasé muy bien y si hubiese estado en forma tendría aún mejor recuerdo que sumar a tantos que tengo de Madrid.
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