jueves, 19 de marzo de 2015

Otro día de entrenamiento

O quizá no. No vivimos el día de la marmota ni tenemos un recuerdo de lo que hacemos haciéndolo. Nuestra mente nos engaña. Nos dice que ya te has atado de la misma manera los cordones, que has mirado el reloj en el momento de torcer a la izquierda en el paseo marítimo o has vuelto a hacer cálculos de a cuánto vas.
Pero hoy, aprovechando la ventana abierta en los muros grisáceos del cielo, me adentré en los Toruños, mojado pero no muy encharcado y noté lo distinto de este día. Como todos los días. Todos son distintos pero hay que fijarse. Y todos mis sentidos se prestaron a ello. Me sentía mejor ya que el sóleo derecho ya me dejaba trotar a buena velocidad. Me sentía contento por ser padre en este día, por ser padre de mis hijos. Me sentía bien porque los problemas de alguno de mis amigos se van resolviendo. Eso abría mis arterias y la sangre inundaba de alimento mis largos y finos músculos para alargar y trotar más rápido. 
La primavera ronda el Parque Natural. El otro día, Tomás me decía que le encantaba cuando se teñía de amarillo. Y hoy, el agua caída le daba un aroma intenso. La luz escasea pero ya vi al primer conejo cruzarse en mi camino y a las perdices salir despavoridas antes las pisadas de un gigante -para ellas, claro-.
Y hoy lo distinto fueron las ranas. Sí. Croaban anárquicamente en esa charca que solo aparece después de tres o cuatro días lloviendo. Llevaba unos 6 km cuando su croar me hizo sonreir al ver que nunca es igual un entrenamiento que otro.

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